Los pronósticos climáticos internacionales y nacionales vienen alertando sobre la posibilidad de que este año y el próximo suframos un nuevo evento de El Niño de gran intensidad. Aunque todavía existe incertidumbre sobre su magnitud exacta, la experiencia nos recuerda que cuando este fenómeno se presenta con fuerza, sus efectos pueden sentirse en todo el país: inundaciones, deslizamientos, huaycos, pérdida de infraestructura, interrupción de actividades productivas y graves impactos sobre la economía y la calidad de vida de las personas.
Frente a este escenario, la pregunta suele ser la misma: ¿estamos preparados?
La respuesta generalmente se enfoca en obras de infraestructura, sistemas de alerta temprana y atención de emergencias. Sin embargo, existe una herramienta de protección que pocas veces ocupa el lugar que merece en el debate público: los bosques.
Aunque muchas personas asocian los árboles únicamente con la conservación de la naturaleza, lo cierto es que cumplen funciones esenciales para reducir los impactos de eventos climáticos extremos. En términos simples, los bosques ayudan a que el agua se comporte de manera menos destructiva.
Cuando ocurren lluvias intensas, por ejemplo, un suelo sin cobertura vegetal recibe directamente el impacto de millones de gotas de agua. Esto favorece la erosión (pérdida de suelo) y provoca que grandes cantidades de tierra sean arrastradas hacia quebradas y ríos. En cambio, en un bosque, las hojas, ramas y troncos amortiguan la fuerza de la lluvia antes de que esta llegue al suelo.
Además, las raíces actúan como una compleja red natural que mantiene el terreno más estable. Gracias a ello disminuye la probabilidad de deslizamientos y se reduce la cantidad de sedimentos que terminan en los cauces.
Pero quizás uno de los servicios más importantes de los bosques es su capacidad para regular el agua. Los suelos forestales funcionan como una enorme esponja natural. Absorben parte de las precipitaciones, las almacenan temporalmente y las liberan de manera gradual. Esto ayuda a disminuir la velocidad del escurrimiento superficial y reduce la presión que reciben quebradas y ríos durante los episodios de lluvias extremas.
Por esa razón, las cuencas que conservan una buena cobertura forestal suelen ser más resilientes frente a los efectos de El Niño que aquellas donde los bosques han sido eliminados o degradados.
Y los beneficios no terminan allí. Los bosques también contribuyen a mantener la calidad del agua. Cuando una cuenca pierde cobertura vegetal, aumenta la erosión y los ríos transportan mayores cantidades de barro, arena y piedras. Esto no solo incrementa el riesgo de inundaciones, sino que también afecta sistemas de agua potable, infraestructura hidráulica, centrales hidroeléctricas y actividades agrícolas.
En otras palabras, los árboles ayudan a que el suelo permanezca donde debe estar y no termine acumulándose en los ríos.
Esta realidad es particularmente relevante para el Perú. Muchas de las cuencas que abastecen de agua a ciudades, centros poblados y zonas agrícolas han sufrido procesos de deforestación durante décadas. La expansión desordenada, los incendios forestales y el cambio de uso del suelo han reducido la capacidad natural de estos territorios para enfrentar eventos climáticos extremos.
Por ello, la restauración y recuperación de bosques debería formar parte de cualquier estrategia seria de preparación frente a El Niño. No se trata únicamente de sembrar árboles, sino de recuperar la funcionalidad de las cuencas, proteger las cabeceras de cuenca, restaurar laderas degradadas y conservar los bosques que todavía existen.
Lo importante es entender que estas acciones requieren tiempo. Un bosque no se construye de la noche a la mañana. Los árboles que ayudarán a proteger a las comunidades dentro de cinco, diez o veinte años deben empezar a establecerse hoy.
Esa es precisamente la razón por la que el momento para actuar es ahora. Si los pronósticos climáticos apuntan a una mayor probabilidad de eventos intensos durante los próximos años, cada temporada que pasa sin restaurar las cuencas es una oportunidad perdida para fortalecer nuestras defensas naturales.
Proteger y recuperar los bosques no es solamente una política ambiental. Es una decisión estratégica para la seguridad, la economía y el bienestar de millones de peruanos.

Por Paola Alfaro.
