El martes 19 de mayo último, en esta misma columna, luego de proclamados los resultados oficiales de la elección presidencial llevada a cabo el domingo 12 de abril y de conocido que la segunda vuelta electoral se realizaría entre dos alternativas totalmente distintas y diferenciables, señalé que había llegado la hora de las definiciones, puesto que realmente no se trata solo de elegir qué persona ha de convertirse en jefe de Estado y titular del Poder Ejecutivo, el poder real, pues administra los recursos humanos y financieros del país, tiene iniciativa para el gasto público y la demarcación territorial, dirige la política exterior del Perú y es depositario del uso de la fuerza, sujeto a la Constitución y la ley, que le compete en exclusividad al Estado en tanto jefe supremo de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional.
Lo que en esta oportunidad se decide es lo que cada partido y candidato en juego representan como alternativa, es decir, como programa de gobierno, respeto o no al orden constitucional vigente desde 1993 y el equipo de personas que estará en el meollo del poder para llevarlo a cabo.
De un lado, Fuerza Popular y su fundadora y lideresa, Keiko Fujimori, que proponen recuperar la vitalidad y eficacia del accionar del Estado mismo, dentro del orden constitucional vigente, que tiene definidos, por escrito, derechos y libertades fundamentales de las personas, los supuestos de la economía social de mercado y los mecanismos de disciplina monetaria y financiera que el Gobierno debe respetar. Su Plan de Gobierno, “Perú con Orden”, está respaldado por un solvente equipo técnico y ha sido considerado como el más sólido y viable por especialistas.
Del otro lado, Juntos por el Perú, que dirige Roberto Sánchez, actual congresista y exministro del golpista e inepto Pedro Castillo, al que imita ridículamente, y que, rodeado de extremistas y hasta de un asesino de policías, no solo amenaza con una asamblea constituyente sin anunciar siquiera el contenido mínimo que desea para la nueva Constitución, sino que también amenaza con dilapidar las reservas internacionales, con destruir la capacidad productiva del país y con generar odio y enfrentamientos, incluso raciales y religiosos, entre los peruanos.
Esto supone, a muy corto plazo, caer en la situación desgraciada vivida por Bolivia y Venezuela, solo por citar dos ejemplos cercanos en tiempo y espacio.
¡El comunismo no nos robará el Perú!

Por: Martha Chavez Cossío
