El Perú ha sobrevivido momentos mucho peores. Guerras, crisis económicas devastadoras, terrorismo, golpes de estado y gobiernos empeñados en destruir lo que generaciones enteras construyeron con esperanza y esfuerzo. Sobrevió porque siempre hubo peruanos que entendieron que la patria vale más que sus preferencias, frustraciones e incluso sus legítimas decepciones.
Por eso me preocupa profundamente lo que vengo escuchando en las últimas semanas. No sólo el avance de tal o cual proyecto político sino la facilidad con la que tantas personas inteligentes confunden pasividad con virtud. Me preocupa la ligereza con la que se pregona el voto blanco o viciado, como si fuese un acto de elevada dignidad republicana. Y me preocupa aún más cuando esa posición proviene de personas educadas, exitosas, informadas y que deberían ser conscientes de lo que está en juego.
Confieso que esperaba más. Esperaba más de profesionales, empresarios, académicos, periodistas, ex ministros y líderes de opinión que durante años hablaron de ciudadanía, institucionalidad y compromiso democrático. Esperaba más de quienes han tenido acceso a oportunidades que millones de peruanos jamás tuvieron. Esperaba más de quienes conocen nuestra historia y saben cuánto costó derrotar al terrorismo, estabilizar la economía, recuperar la inversión y devolverle al país la confianza en sí mismo. En lugar de ello, veo a muchos refugiándose en la comodidad del voto en blanco para no tomar partido.
La frustración es comprensible. Yo también la siento. Ninguna democracia ofrece candidatos perfectos. Ninguna elección enfrenta ángeles contra demonios. En la vida, las decisiones se adoptan entre las alternativas reales, no las deseadas. Precisamente por eso resulta tan preocupante la creciente moda de presentar el voto en blanco o viciado como una forma de superioridad moral. No lo es. La papeleta en blanco o viciada produce efectos. Quien decide no elegir sigue definiendo e influyendo el resultado.
La democracia necesita ciudadanos que decidan. La comodidad moral nunca construyó país. Nunca derrotó al terrorismo, defendió instituciones, generó empleo, abrió mercados ni sacó a una familia de la pobreza. La comodidad moral pretende cosechar los dividendos de las decisiones de quienes no evadieron su responsabilidad.
Y aquí llegamos al punto central. Hay elecciones en que pueden haber alternativas malas, pero que no suponen la demolición total del país. Esta no es una de ellas.
Sería trágico impulsar una Asamblea Constituyente, derribar el modelo económico y las libertades individuales y una estafa presentar como fracaso el período de mayor progreso material que ha conocido nuestra República. Y considero especialmente preocupantes las compañías políticas que cortejan este proyecto.
Los proyectos políticos también se juzgan por sus integrantes. Y cuando una candidatura aparece acompañada por un asesino de policías; extremistas dedicados a dinamitar las instituciones democráticas se acomodan en ese mismo espacio político; cuando se insiste en fórmulas fracasadas y empobrecedoras, resulta imposible sostener que estamos frente a una elección común y silvestre.
Los peruanos tenemos derecho a equivocarnos. Lo que no tenemos es derecho a fingir que no vimos las señales. Después de Venezuela, Nicaragua, Bolivia, el kirchnerismo argentino y el desastre de Pedro Castillo, la ingenuidad ha dejado de ser una excusa. A estas alturas, quien no quiere ver los riesgos simplemente no quiere verlos o se hace el ciego.
Pero este artículo no nace del miedo. Nace del amor por el Perú. Parece estar de moda denostar al Perú. Presentarlo como un fracaso permanente, como una decepción constante, como una república incapaz de construir nada valioso. Rechazo esa vil caricatura.
El Perú no es un fracaso. El Perú tiene una historia de progreso extraordinaria. Derrotó al terrorismo cuando muchos creían que estaba condenado a sucumbir. Derrotó la hiperinflación. Abrió sus puertas al mundo, multiplicó sus exportaciones y permitió que millones de compatriotas salieran de la pobreza. País de empresarios, trabajadores, agricultores, emprendedores y profesionales que todos los días salen adelante sin esperar que nadie les resuelva la vida.
Pertenezco a una generación que recibió mucho más que la anterior. Heredamos un país estable, más próspero, conectado al mundo y con oportunidades. Ciertamente no perfecto, pero indudablemente mejor. No tuvo que enfrentar la hiperinflación de los años ochenta ni vivir los años más oscuros de la guerra terrorista. Recibimos mucho. Y precisamente por eso tenemos la obligación moral de proteger aquello que permitió esos avances.
La gratitud también es una forma de patriotismo.
Hay quienes hablan del Perú como si fuera una decepción permanente. Yo lo veo de otra manera. Veo un país extraordinario, lleno de defectos, pero también lleno de virtudes. Veo una nación que ha tropezado muchas veces y que, sin embargo, siempre ha encontrado la forma de ponerse nuevamente de pie. El Perú no es una decepción. El Perú es una hazaña inconclusa.
Quizá por eso me cuesta tanto entender la ligereza con la que algunos parecen dispuestos a poner todo eso en riesgo. No porque crean en un proyecto mejor. Sino porque piensan que pueden eludir su responsabilidad de optar, arguyendo que ambas opciones son malas y que las diferencias no importan. Porque quieren ser percibidos como superiormente morales o de avanzada y decidir mutilaría su elevada autopercepción. Pero así no son las cosas.
La historia está llena de personas que confundieron prudencia con indiferencia y neutralidad con inteligencia. Casi siempre descubrieron su error demasiado tarde. La libertad nunca ha sido preservada por quienes se quedaron al margen. Las instituciones no fueron defendidas por quienes observaron los acontecimientos desde una cómoda distancia moral. La historia no la escriben quienes tuvieron razón después de los hechos. La escriben quienes tuvieron el coraje de decidir antes de ellos.
Las generaciones anteriores nos dejaron más de lo que recibieron. Derrotaron al terrorismo, estabilizaron la economía, reconstruyeron instituciones y apostaron por el Perú cuando hacerlo era mucho más difícil que hoy. Gracias a ellas heredamos más oportunidades de las que ellas mismas tuvieron. La pregunta es si nosotros podremos decir lo mismo.
No heredamos un país perfecto. Heredamos una tarea. La tarea de conservar aquello que vale la pena conservar, corregir aquello que debe corregirse y entregar a nuestros hijos un Perú mejor del que recibimos. Porque nuestros hijos no heredarán nuestras buenas intenciones. Heredarán las consecuencias de nuestras decisiones.
Hay momentos en los que no elegir no es un acto de independencia. Es una forma de rendición.
Porque en una segunda vuelta, el que no elige, elige.
