Foto-Colegio Nuestra Señora del Consuelo
Artículo de opinión publicado en Expreso
Hola… El pasado domingo te comentaba la experiencia única y maravillosa del eclipse solar que vivimos en la región norte de España, que coincidió con uno de los puntos clave del pueblo donde yo nací.
Son esos momentos en los cuales los años pueden pasar y siempre quedará esta frase: “Ese 12 de agosto de 2026, yo estuve allí”.
Pero, sin dejar a un lado la experiencia vivida del eclipse solar, quisiera comentarte una historia que sucedió en 1920, en la comarca de mi pueblo, San Román, y del pueblo que está al otro lado del río, llamado Santiago del Molinillo.
Comenzamos la historia del río Omaña en el año 1 del siglo I de nuestra era cristiana. Augusto era emperador de Roma y el Imperio romano ocupaba una gran extensión de Europa. Entre las regiones de Hispania se encontraba la comarca del valle del río Omaña.
En esta comarca, los romanos tenían minas de oro que eran custodiadas por los soldados de la Séptima Legión Romana. El oro era extraído con el trabajo de miles de esclavos y el orden lo mantenía la Séptima Legión. El río Omaña transcurre por el valle y los romanos realizaron un extraordinario trabajo hidráulico, porque utilizaban el agua del río Omaña para realizar el relave y así extraer las pepitas de oro.
En el año 1920, entre los pueblos de Santiago del Molinillo y San Román, por donde pasa el río Omaña, llegó una compañía inglesa para extraer del río las pepitas de oro. La maquinaria era tan grande que nunca antes en la región habían visto algo igual, de lo cual los ingleses se sentían muy orgullosos.
Un año llegó una riada muy grande, provocada por las intensas lluvias que durante meses azotaron la comarca. Uno de los empleados jefes de esta compañía pronunció esta frase: “Es tan grande esta máquina, esta draga, que ni Dios puede con ella”.
Al día siguiente, esta monstruosa máquina estaba sepultada entre las piedras que había arrastrado la riada.
Esta es una tradición que yo escuché de mi bisabuela, de mi abuelo y, por supuesto, de los lugareños. Así me la han contado y así te la cuento. Hasta el día de hoy, en medio del río, se pueden ver unos fierros que, supuestamente, pertenecieron a esta máquina llamada draga.
Esta frase, dicha en 1920, fue pronunciada anteriormente cuando botaron al mar el Titanic. Simplemente quiero señalar cómo la prepotencia humana, a veces, puede llegar a creer que es más poderosa que Dios. Y eso nunca ha sucedido.
Te seguiré contando…
“En la vida no pierde el que cae, ¡pierde el que no se levanta!”.
San Agustín
Gracias por llegar hasta aquí. Hasta la próxima semana. ¡Que Dios nos bendiga!
