Hoy, 20 de septiembre, el Partido Aprista Peruano cumple 96 años de existencia. Noventa y seis años no son solamente una fecha en el calendario. Son casi un siglo de historia política peruana escrito entre persecuciones, cárceles, destierros, clandestinidad, sacrificios, conquistas sociales, ejercicio democrático del poder y profundas controversias. El aprismo nació para incorporar a la vida política a trabajadores manuales e intelectuales y convirtió muy pronto a miles de jóvenes, obreros, estudiantes y mujeres en protagonistas de una organización política de masas.
Su historia está inseparablemente unida a Víctor Raúl Haya de la Torre, quien hizo de la política una causa de toda su vida. Conoció el destierro, la prisión, la clandestinidad y un prolongado asilo político, pero sostuvo durante décadas una organización que sobrevivió a gobiernos, golpes de Estado, persecuciones y proscripciones.
A su lado y detrás de él hubo generaciones enteras de hombres y mujeres que soportaron cárcel, exilio, pobreza, separación familiar y, en los episodios más trágicos de nuestra historia, la muerte. Ellos constituyen el martirologio aprista. Sus nombres conocidos y anónimos pertenecen a la memoria del Partido y también a la historia política del Perú.
Allí están también los obreros que organizaron sindicatos; los jóvenes que hicieron de la universidad, la calle y la tribuna espacios de participación política; las mujeres apristas que abrieron caminos cuando la presencia femenina en la política peruana enfrentaba enormes barreras; y las innumerables familias que transmitieron sus convicciones de generación en generación. El aprismo no puede comprenderse solamente a través de sus grandes dirigentes: también fue construido desde abajo, por hombres y mujeres anónimos que sostuvieron sus locales, sus organizaciones y sus ideales aun durante los años de persecución.
Décadas después apareció una nueva generación encabezada por Alan García Pérez, militante desde su juventud y dos veces presidente constitucional de la República. Su trayectoria, sus dos gobiernos y las controversias que los acompañaron forman parte de la historia contemporánea del país. Su figura ocupa, asimismo, un lugar central en la memoria política y emocional de varias generaciones de militantes apristas.
Pero cumplir 96 años obliga también a mirar hacia adentro. Ninguna organización que pretenda atravesar un siglo de historia puede vivir solamente de sus glorias pasadas. La memoria sirve cuando ayuda a comprender el presente y a construir el futuro. Por eso este aniversario puede ser también una ocasión para poner punto final a las divisiones, agravios, resentimientos y enfrentamientos internos que han debilitado al Partido. Las discrepancias son legítimas; la discusión de ideas es indispensable; pero ninguna diferencia personal debería ser más importante que la convivencia democrática, el respeto entre compañeros y la responsabilidad histórica frente a las nuevas generaciones.
Y debemos decirlo con absoluta claridad: la política, dentro de nuestras filas y fuera de ellas, no puede reducirse a una confrontación entre jóvenes y viejos. Esa falsa dicotomia y contradicción desconoce una de las grandes enseñanzas de nuestra propia historia. Haya de la Torre comprendió el enorme valor de articular JUVENTUD Y EXPERIENCIA. Procuró que nuevas generaciones ingresaran permanentemente a la vida política, pero entendió también que la experiencia acumulada por quienes habían recorrido años de lucha constituía un patrimonio que no debía desperdiciarse. Juventud sin experiencia puede perder el conocimiento acumulado; experiencia sin juventud puede terminar alejándose de los nuevos tiempos.
Por eso la fortaleza histórica estuvo en el binomio: la energía de los jóvenes y el recorrido inagotable de los viejos. Unos aportaron rebeldía, velocidad, creatividad y futuro; los otros, memoria, experiencia, serenidad y conocimiento de las grandes batallas políticas. Cuando esas dos generaciones caminaron juntas, el aprismo encontró una de sus mayores fortalezas imbatibles -competir electoralmente, resistir las persecuciones y defender su espacio político frente a las corrientes que históricamente combatió, desde el comunismo totalitario hasta los sectores de la derecha oligárquica que el aprismo cuestionó por considerar insensible frente a las demandas sociales y excesivamente subordinada a los intereses económicos mercantilistas.
Por eso no sobra ninguna generación. Los jóvenes no han venido a expulsar a los mayores, ni los mayores pueden cerrarles el camino a los jóvenes. La juventud no significa destrucción de la experiencia, como la experiencia tampoco puede convertirse en resistencia frente a las nuevas hornadas. Un partido que vive enfrentado entre sus generaciones se debilita hasta su mínimaexpresión; un partido que consigue unirlas multiplica y expande su fuerza.
Que los jóvenes vuelvan a estudiar, debatir y crear. Que los trabajadores encuentren espacios para expresar sus demandas. Que las mujeres continúen ocupando posiciones decisivas. Que la experiencia de los mayores dialogue con la energía de las nuevas juventudes. Y que la memoria de quienes soportaron persecución, cárcel, destierro y sacrificio recuerde permanentemente el precio que muchas generaciones pagaron por participar en la vida política del Perú.
A los 96 años, el desafío no consiste únicamente en recordar lo que fuimos. Consiste en preguntarnos qué podemos aportar al Perú del siglo XXI.
Que este aniversario sea, entonces, memoria y reflexión; reconciliación, estudio y acción democrática. Que permanezca vivo el compromiso con la justicia social, con las libertades democráticas, con los derechos del pueblo y con la dignidad de los trabajadores.
