Foto: Caretas
Artículo de opinión
El 10 de setiembre el Perú ingresó al Escudo de las Américas y aceptó el marco de Washington. Ese mismo día no obtuvo nada a cambio en materia comercial. Ni alivio arancelario, ni acuerdo de inversión, ni compromiso sobre minerales críticos. El canje lo condujeron la presidenta Keiko Fujimori y el canciller Carlos Espá, sin equipo negociador visible y sin una estrategia de política exterior económica publicada. Hablemos sobre esa ausencia.
Conviene empezar por lo justo. Marco Rubio hizo su tarea como secretario de Estado, que es defender el interés de su país, incluso escribiendo el 8 de setiembre en un diario peruano para mover nuestra opinión pública. Eso no es abuso, es oficio. China tampoco actúa por afecto. Usó la coerción económica contra Australia y Lituania, y sus controles de tierras raras fueron calificados de coercitivos por el Parlamento Europeo con 523 votos contra 75. Ninguna de las dos potencias nos debe nada, y por eso el problema no está afuera. Está en la calidad de nuestra negociación.
Los números ordenan ese problema. En 2025 China compró exportaciones peruanas por 32,628 millones de dólares y Estados Unidos por 10,148 millones, más de tres veces menos. Pero, el dato agregado engaña. Estados Unidos es el mercado que más empleo directo genera por exportaciones, 366,597 puestos frente a 288,316 de China, porque compra arándanos, uvas y textiles, no solo minerales. Ahí aparece el detalle que duele. El arancel de 12.5% vigente desde julio, aplicado bajo la Sección 301 por trabajo forzoso, deja el cobre exento y golpea exactamente lo que genera trabajo. El arandanero de La Libertad y la costurera de Gamarra pagan una factura que el concentrado no paga.
Con Chancay pasa algo parecido, aunque en otro plano. Hay que decir lo que se sabe y también lo que no. Se sabe que COSCO tiene el 60% y Volcan el 40%, que el puerto recaudó 939.7 millones de soles en aduanas durante su primer año y que casi la mitad de su carga es transbordo regional. No se sabe si tiene uso militar, porque esa es una especulación prospectiva de think tanks y no un hecho probado. El activo físico es peruano aunque el operador no lo sea. Convertirlo en rehén de una pugna ajena sería empobrecernos para probar lealtad. La soberanía en juego no se defiende en discursos, sino en la capacidad de la Autoridad Portuaria y de Ositrán para fiscalizar tarifas y exclusividad.
En nuestra región, Colombia negocia la suspensión arancelaria y firmó memorandos de minerales críticos y energía nuclear civil. Ecuador firmó un acuerdo comercial y obtuvo financiamiento de seguridad. El Perú obtuvo un buque hospital que llegará en febrero de 2027, un beneficio que se agradece, pero que no está en la misma moneda que el costo.
Lo que corresponde ahora es ordenarnos, condicionando las grandes concesiones peruanas a hitos verificables con plazos. Designar un equipo negociador con nombre propio y mandato público que articule Cancillería, Mincetur y el MEF. Usar la palanca que sí tenemos, porque somos el segundo productor mundial de cobre y Washington necesita cadenas de suministro confiables. Comunicar la relación como una sociedad aportante y no como una adhesión.
Nada de esto significa distanciarse de Estados Unidos, al contrario. El Perú tiene interés estratégico en esa relación y por eso debe negociarla bien. Una alianza construida sobre concesiones no correspondidas no dura, y cuando se rompe, el que paga es el socio pequeño.
Dicen que el que da primero da dos veces. En una negociación, el que concede primero suele quedarse sin qué ofrecer la segunda vez.
