Rosa Elena Cruz
Artículo de opinión de la Decana Nacional del Colegio de Nutricionistas del Perú (CNP)
En el Perú, la alimentación escolar ha sido tratada durante años como un problema logístico: distribuir alimentos, cumplir cronogramas y ampliar cobertura. Sin embargo, esta visión ha dejado de lado lo esencial: la nutrición como política pública estratégica. Hoy, en un país donde la anemia infantil sigue siendo uno de los principales problemas de salud pública, esta omisión ya no es sostenible.
Según la Encuesta Demográfica y de Salud Familiar (ENDES 2025), el 34.9% de los niños entre 6 y 35 meses padecen anemia, una condición que afecta directamente el desarrollo cognitivo, la capacidad de aprendizaje y la productividad futura. La evidencia científica es contundente: la deficiencia de hierro en la primera infancia genera efectos irreversibles en el desarrollo cerebral, reduciendo hasta en 10 puntos el coeficiente intelectual en casos severos, según organismos como la OMS y el Banco Mundial.
En este contexto, del aún denominado Programa de Alimentación Escolar (PAE) no puede limitarse a “llenar la barriga”, debemos “nutrir”. Y nutrir implica calidad, pertinencia, seguridad e impacto medible en la salud de los estudiantes. Durante mi gestión en el PAE, se plantearon cambios del enfoque que merece atención: pasar de un modelo centrado en la entrega de alimentos a uno basado en resultados nutricionales y bienestar estudiantil.
Este giro es profundamente político. Significa reconocer que la alimentación escolar no es asistencia social, sino inversión en capital humano. Un niño bien alimentado no solo aprende mejor; tiene más probabilidades de romper ciclos de pobreza. Por el contrario, un programa que no garantiza calidad nutricional perpetúa desigualdades.
La evidencia respalda esta visión, estudios del Programa Mundial de Alimentos (PMA) señalan que los programas de alimentación escolar bien diseñados pueden aumentar la asistencia escolar hasta en un 9% y mejorar significativamente el rendimiento académico. Asimismo, investigaciones publicadas en revistas como The Lancet han demostrado que intervenciones nutricionales integrales en edad escolar tienen efectos positivos sostenidos en salud y aprendizaje.
Pero el desafío no es menor. El PAE enfrenta brechas estructurales: limitada evaluación del impacto nutricional, débil articulación entre sectores (MIDIS, MINSA, MINEDU), escasa incorporación de alimentos locales y una todavía insuficiente educación alimentaria. Sin resolver estos problemas, cualquier avance será parcial.
Además, la transparencia sigue siendo un punto crítico. La ciudadanía no solo exige resultados, sino confianza. Fortalecer los mecanismos de rendición de cuentas y control social no es opcional; es una condición para la sostenibilidad del programa.
El país tiene, sin embargo, una oportunidad histórica. Transformar el PAE en un sistema integral de nutrición escolar permitiría no solo reducir la anemia, sino también mejorar indicadores educativos y dinamizar economías locales mediante compras a productores regionales. Es una política con efectos multiplicadores.
El futuro del Perú no se juega únicamente en las aulas. También se decide en lo que ponemos en el plato de nuestros niños.
