(Foto internet archivo)
La causalidad histórica entre la Revolución de Trujillo de 1932, Haya de la Torre y la Constitución de 1979.
Artículo de opinión
Este 2 de agosto de 2026, se conmemora cuarenta y siete años de la partida física de Víctor Raúl Haya de la Torre. Murió el 2 de agosto de 1979, pocas semanas después de haber firmado, el 12 de julio, la Constitución Política de 1979. Fue el último gran acto y legado de su vida: después de casi medio siglo de persecuciones, prisiones, destierros y luchas, dejó al Perú con una Constitución Democrática que convirtió en derechos fundamentales muchísimas de las aspiraciones por las cuales miles de apristas habían combatido y entregado su vida.
La historia del Perú suele estudiarse como una sucesión de acontecimientos aislados: la Revolución de Trujillo de 1932, las décadas de persecución política, la trayectoria de Haya de la Torre, la Asamblea Constituyente de 1978 y la Constitución de 1979. Sin embargo, estos hechos pueden comprenderse como parte de un mismo proceso histórico, unido por una relación de causa, causalidad, efecto y finalidad.
La causa inicia el proceso; la causalidad enlaza los largos años de sacrificios, luchas, ideas y transformaciones; el efecto expresa su materialización política y jurídica; y la finalidad representa el propósito superior que orienta todo ese recorrido.
Para comprender la Revolución de Trujillo de 1932 es necesario recordar el Perú de comienzos del siglo XX. Era un país profundamente desigual, centralista y excluyente. El poder político y económico se encontraba concentrado en grupos oligárquicos y burgueses y militares reducidos, mientras trabajadores, campesinos, indígenas, artesanos y sectores populares permanecían marginados de las grandes decisiones nacionales.
La ciudadanía era restringida. Las mujeres no tenían derecho al voto y la población analfabeta, mayoritaria en extensas zonas rurales e indígenas, estaba excluida del sufragio. Las instituciones democráticas eran débiles y la prisión, el destierro, la proscripción y la persecución se utilizaban contra los adversarios políticos.
Los trabajadores tampoco contaban con una protección integral. Aunque la jornada laboral de ocho horas había sido una conquista de los obreros y estudiantes liderados por Haya de la Torre, su cumplimiento era desigual. Los derechos de sindicalización, negociación colectiva, huelga, seguridad social y estabilidad laboral carecían de las garantías que alcanzarían posteriormente. Las comunidades indígenas y campesinas padecían explotación, abandono y despojo, mientras la educación, la salud y los servicios públicos continuaban siendo inaccesibles para millones de peruanos.
A esta realidad se sumaron la crisis económica internacional de 1929, la caída del régimen de Augusto B. Leguía, la inestabilidad política, el desempleo y el creciente descontento social. El surgimiento del aprismo desafió aquel antiguo orden y levantó las banderas de la democracia, la justicia social, los derechos laborales, la soberanía nacional y la unidad de los pueblos de América Latina.
Las elecciones de 1931 y el enfrentamiento entre el gobierno de Luis M. Sánchez Cerro y el Partido Aprista profundizaron la polarización. La persecución de dirigentes y militantes, el encarcelamiento de Haya de la Torre y el cierre de los espacios democráticos empujaron el conflicto hacia la confrontación.
La Revolución de Trujillo del 7 de julio de 1932 no nació, por tanto, de un impulso repentino. Fue la explosión de una sociedad herida por la desigualdad, la exclusión política y la ausencia de justicia social. Fue el levantamiento de hombres y mujeres que, ante el cierre de los caminos democráticos, decidieron enfrentarse a un orden que les negaba ciudadanía, derechos y esperanza.
Aquella revolución fue derrotada salvajemente por el fusilamiento, ejecución y asesinato de miles de víctimas. Trujillo fue castigado con una violencia que pretendió exterminar no solamente a los insurgentes, sino también a sus ideales. Pero la historia demuestra que las armas pueden abatir a los hombres sin destruir nunca las causas por las cuales lucharon. La sangre derramada no sepultó al aprismo: fortaleció su conciencia, templó su identidad y convirtió el sacrificio de sus mártires en una fuerza moral y social que atravesó generaciones.
Después de 1932 llegaron años de persecución, prisión, clandestinidad y exilio. Pero el pueblo aprista no desapareció. Resistió. Se organizó. Conservó su doctrina y mantuvo encendidas las banderas de la libertad, la justicia social y la democracia.
Al mismo tiempo, crecieron el movimiento sindical, la participación estudiantil, las reivindicaciones campesinas y las demandas de los sectores populares. Otros movimientos contribuyeron también a una larga lucha por recuperar las libertades públicas y construir un verdadero Estado de Derecho.
En el centro de ese proceso estuvo Víctor Raúl Haya de la Torre. Perseguido, encarcelado, exiliado, proscrito y despojado durante décadas de la posibilidad de gobernar, jamás renunció a sus ideas. Transformó el dolor de la persecución en doctrina, la derrota en perseverancia y el sacrificio de sus compañeros en una causa histórica imbatible e irrenunciable..
Haya de la Torre no fue únicamente el fundador y conductor del aprismo. Fue un pensador peruano y latinoamericano de dimensión universal. Su concepción del espacio-tiempo histórico, su defensa de la democracia social, su propuesta de integración continental y su lucha por construir un Estado al servicio de las mayorías trascendieron las fronteras del Perú.
Cuarenta y seis años después de la Revolución de Trujillo, Haya de la Torre asumió la presidencia de la Asamblea Constituyente de 1978. El hombre perseguido por el Estado recibía ahora la responsabilidad de conducir la construcción del nuevo orden constitucional. El proscrito de ayer se convertía en el gran conductor de la democracia peruana.
No llegó hasta allí para imponer una venganza ni para utilizar el poder contra quienes lo habían perseguido. Llegó para concertar, reconciliar y edificar. Su victoria no fue la derrota de sus adversarios: fue la transformación de una larga lucha política y popular en derechos para todos los peruanos.
La Asamblea Constituyente fue plural y la Constitución de 1979 recogió los aportes de diferentes corrientes democráticas. No fue obra exclusiva de un hombre ni de un partido. Pero la presencia de Haya de la Torre en su presidencia le otorgó un profundo significado histórico: la causa por la cual tantos habían sufrido alcanzaba, finalmente, una expresión política, democrática y constitucional.
La Constitución de 1979 reconoció y fortaleció los derechos fundamentales de la persona; reafirmó la igualdad ante la ley; consagró la libertad sindical, la negociación colectiva y el derecho de huelga; amplió la protección de las comunidades campesinas y nativas; reconoció la importancia de la Amazonía; impulsó la descentralización y estableció un amplio conjunto de derechos sociales, económicos, políticos y culturales.
Aquello que en 1932 fue perseguido como rebelión apareció en 1979 transformado en derechos. La sangre derramada no devolvió la vida a los miles de Apristas que cayeron, pero sus ideales sobrevivieron y encontraron un lugar en la nueva estructura constitucional de la República.
No sostengo que la Constitución de 1979 haya sido producto exclusivo de la Revolución de Trujillo, de Haya de la Torre o del Partido Aprista. Fue el resultado de una Asamblea plural y del aporte de diversas fuerzas democráticas. Pero sí sostengo que existe una relación histórica que merece ser investigada: las aspiraciones de justicia social, libertad y democracia defendidas en 1932 atravesaron décadas de resistencia y alcanzaron reconocimiento constitucional en 1979.
La secuencia histórica aparece con claridad: la sangre derramada en Trujillo representa la causa y el sacrificio inicial; las décadas de persecución, resistencia y lucha constituyen la causalidad; Haya de la Torre y la Constitución de 1979 encarnan el efecto político y jurídico; y la construcción de una democracia social, un Estado de Derecho y una República fundada en la dignidad humana expresa la finalidad superior.
Esta reflexión constituye un homenaje a los 6,000 hombres y mujeres Apristas que entregaron su vida durante la Revolución de Trujillo; un reconocimiento al papel estelar e histórico de ese veterano universal de la lucha democrática que fue Haya de la Torre en la conducción de la Asamblea Constituyente; y una convocatoria a las nuevas generaciones de jóvenes apristas y de todos los peruanos para conocer el precio que nuestra nación pagó por conquistar sus derechos.
Porque ningún derecho nació de la indiferencia. Detrás de cada libertad y de cada derecho existen luchas, sacrificios y generaciones que se negaron a vivir de rodillas. La democracia no fue una concesión gratuita del poder: fue una conquista histórica del pueblo peruano.
La memoria no debe alimentar el odio entre compatriotas. Pero tampoco puede ser condenada al silencio. Un pueblo que olvida a quienes lucharon por sus derechos corre el riesgo de perderlos. Recordar es comprender, honrar y asumir la responsabilidad de defender la democracia y la justicia social.
Hoy, al conmemorarse cuarenta y siete años de la partida física de Haya de la Torre, debemos recordarlo como el hombre que convirtió la persecución en perseverancia, la resistencia en victoria moral y una vida entera de lucha por una Constitución para todos los peruanos.
Las revoluciones pueden ser derrotada transitoriamente por las armas y los hombres pueden desaparecer físicamente; pero cuando la sangre derramada se convierte en conciencia, la conciencia en doctrina y la doctrina en derechos constitucionales, ninguna fuerza de la historia puede borrar su victoria.
Ese es el camino que une la Revolución de Trujillo de 1932, la vida heroica de Víctor Raúl Haya de la Torre y la Constitución de 1979: de la sangre derramada al derecho conquistado; del sacrificio de los mártires a la dignidad constitucional del pueblo peruano. Hoy esos derechos conquistados se han constituido y consagrado en patrimonio histórico de la Nación.
