Autor: Sebastián Príncipe
Artículo de opinión
«La virtud, el patriotismo, el juicio y la probidad, todas estas cosas son consideradas cómo obstáculos para tener colocaciones; y solamente los antipatriotas, los viciosos y corrompidos tienen el derecho exclusivo para gozar de los cargos públicos, (…) la república no es otra cosa que una anarquía sistematizada, dónde solamente impera la inversión del orden social.»
P. Pruvonena (1858), seudónimo de José de la Riva Aguero.
En pleno año de elecciones nos acecha la fatigante realidad de nuestros candidatos: quiénes intentan ganar los votos a la presidencia no solo son corruptos, sino incompetentes que imaginan ilusos poder con la primera magistratura de la nación.
La lenta y progresiva desaparición de los partidos tradicionales desde los años noventa le pasaron factura a la calidad técnica y filtro de postulantes. No hay necesidad de pasar una escuela o formación para lanzarse a la alcaldía o presidencia, con abrir una marca partidaria llena de cortesanos y financistas basta para entrar a los cargos más importantes de la nación.
Con suerte y existe cohesión en el ideario, o siquiera se conocen entre militantes. En los casos más vergonzosos piden cuotas de treinta mil o incluso ochenta mil soles para postular al Congreso, esto convierte el servicio público en una inversión privada donde los buitres acechan las vísceras doradas del Leviatán. La metástasis se completa en el sistema de partidos cuando no quedan proyectos serios con años de desarrollo y continuidad, sino aventureros piratas que piensan en saquear tanto como pueden del estado.
Mientras los partidos políticos sean los únicos canales para llegar al poder institucional se tendría que esperar que actúen como filtro, formen cuadros y tengan una estructura institucional que alcance el largo y ancho de la patria. Los canales construidos en los últimos veinticinco años nos ofrecen gobernantes que llegan sin el carácter para abandonar el piloto automático del estado y que, para lástima nuestra, son fáciles de manejar por intereses económicos formales, informales e ilegales en minería, transporte colectivo y lobby de grandes empresas. Nadie se quiere quedar exento de los beneficios fiscales, una llamada a Palacio de Gobierno y asunto cerrado.
Siglos atrás, el primer presidente de la república describió con claridad aquello que veía en el país a mitad del siglo XIX, en el final de su vida. Durante sus años mozos vió cómo caudillos de toda condición peleaban entre ellos y caía la confederación peruano-boliviana que prometía estabilidad —diez años antes del gobierno de Ramón Castilla—. Pero sus palabras de espectador no sólo cuadran en su tiempo, también cobran carácter profético: Echenique o Vivanco son solo nombres transitorios que ocupan el momento, el circo que son las elecciones en el Perú renueva a sus actores, escapistas, trapecistas y payasos en cada temporada, más continúan el desorden y la mediocridad de gente incapaz de liderar con altura la nación.
El colapso del sistema de partidos afecta todos los años la calidad de los gobernantes y políticas públicas del estado. Al dinamitar las estructuras orgánicas de los partidos formados en el siglo XX, la política peruana pasó de ser un espacio de debates serios —no exentos de corrupción— a un mercado informal sostenido por palos y toldos baratos. La construcción de proyectos orgánicos las lidera, con la ironía del asunto, las dinastías de Fujimori y Acuña.
Resulta intrigante que, tras doscientos años, la anarquía denunciada por Riva Agüero haya vuelto con fuerza en este inicio de siglo. Sin partidos ni agrupaciones que formen estadistas, la política seguirá como guarida de cuervos, palurdos y ganapanes. Si no restauramos el orden de la virtud y el patriotismo como requisitos mínimos para ejercer cargos públicos, el criterio del mal menor continuará y la sociedad afrontará en sus pieles bien las injusticias que trae el abandono del estado o el ascenso de los candidatos del caos, quiénes prometen demoler lo poco que funciona.
