Foto: Caretas
Por Sergio Bolívar–Artículo de opinión
Washington vuelve a focalizar su atención en el hemisferio. La Estrategia de Seguridad Nacional 2025 de Donald Trump redefine prioridades, declarando simultáneamente la confrontación al crimen organizado, la migración masiva y la influencia china. Esta firme postura obliga a América Latina a alinearse o enfrentarse a posibles intervenciones diplomáticas, técnicas o militares. En este contexto, el Perú se ve como un eslabón vulnerable por sus puertos estratégicos, la creciente presencia de redes criminales y una economía influenciada por China. La elección del 2026 podría determinar el rumbo de la soberanía peruana entre autonomía y tutela.
La estrategia propuesta por Trump aspira a una preeminencia estadounidense en el hemisferio para asegurar su seguridad y prosperidad, autorizando, inclusive, intervenciones extraterritoriales contra carteles, condicionando ayuda a la alineación ideológica y vetar inversiones consideradas «hostiles». Paralelamente, un testimonio detallado de Vanda Felbab-Brown, especialista de The Brookings Institute, ante el Senado de EE.UU., en mayo de 2025, ilustró la expansión de redes criminales chinas en América Latina. Estas redes, implicadas en minería ilegal, pesca no regulada, lavado de activos, tala y tráfico de fauna, se benefician de una protección informal del Estado chino y se asocian con mafias locales y corrupción institucional, incrementando su impunidad.
Algunas organizaciones mencionadas incluyen a los 14K Triad, la mafia de Fujian, y redes como el Cartel Zhang, responsable de enviar precursores de fentanilo a México. En el caso del Perú, la presencia de ciudadanos chinos en la minería informal de oro y la exportación de madera desde puertos como el Callao ya han sido identificadas por Felbab-Brown como puntos vulnerables para lavado y depredación ambiental. En 2021, más del 70% de la madera que salió del Callao rumbo a China provenía de empresas investigadas por delitos ambientales. Estas actividades, además, tienden a favorecer los intereses diplomáticos y económicos de Pekín, lo que dificulta su regulación.
Además, la creciente presencia portuaria china, con 37 proyectos identificados en Latinoamérica, incluyendo el megapuerto de Chancay, genera preocupación no solo comercial sino también por su potencial para encubrir contrabando y facilitar la inteligencia operativa. El débil control en estos puertos, como Chancay, puede convertir a Perú en una puerta trasera para el ingreso de productos ilegales, precursores químicos o incluso tecnologías de vigilancia con potencial uso por organizaciones criminales.
Ante este escenario, Perú enfrenta dilemas críticos. Deberá manejar sus debilidades internas como ser el segundo productor de cocaína, con mafias en la Amazonía y la costa, y un Estado debilitado. Además, mantener una posición firme frente a Estados Unidos sin subestimar los riesgos de su cooperación en seguridad, que podría llevar a una suerte de tutela política.
También, es clave estar alerta ante la infiltración de intereses chinos en sectores comerciales, ambientales y tecnológicos. En regiones como Madre de Dios, ya se reporta presión de compradores chinos que ofrecen precios por encima del mercado a mineros informales, facilitando la salida de oro sin trazabilidad. Para iniciar acciones contra estas porosidades, Cancillería ha desplegado una agenda regional y multilateral que refuerza la posición del Perú en el combate al crimen transnacional, tal como se evidencia en la activación de la Unidad de Control Conjunto en el puerto de Chancay y la reciente coordinación migratoria con Chile para frenar el paso irregular en la frontera sur.
El liderazgo requerido en Perú debe ser proactivo, capaz de negociar con decisión con Washington, demandar transparencia a ambas potencias y elaborar una estrategia de seguridad, logística y protección institucional propia. La elección del 2026 representará una decisión fundamental entre diferentes modelos de gobernanza. El nuevo gobierno deberá decidir si acepta fuerzas extranjeras operando en su territorio, si limita tecnológicamente a un socio comercial o si invierte en sus propias capacidades.
El Perú aún está a tiempo de evitar ser reducido a un protectorado securitizado. Pero solo lo logrará si deja de improvisar. La soberanía no es un discurso, es una arquitectura de decisiones. Si Perú no toma su lugar en la mesa, acabará en el menú. En 2026, toca sentarse con convicción.
