Foto-Oficina de la Presidenta Electa
Se cumplieron ayer, lunes, apenas veintiún días desde que Keiko Fujimori inauguró su gestión como jefa de Estado y jefa de Gobierno del Perú, la primera en toda la historia republicana.
Más de una vez me he referido a la probada, extensa y dedicada preparación técnica y política que ha tenido la lideresa de Fuerza Popular antes de ocupar el cargo de mayor jerarquía al servicio de la Nación. Ella misma ha mencionado la forja de su carácter y el refuerzo de sus convicciones religiosas como consecuencia de la innoble persecución y la injusta privación de casi dos años de su libertad, infligidas por quienes buscaban apartarla del rol político que había decidido asumir.
Ninguna persona de recta intención, sea o no simpatizante del fujimorismo, podría desconocer que la hija del mejor presidente de la historia del Perú, el ingeniero A. Fujimori, ha construido su propio liderazgo y que, si bien el legado político de su padre la ha ayudado en esa tarea, quizás mayor haya sido su costo.
En contraste con lo señalado, cabe recordar, como una anécdota que avergüenza, cómo el pésimo presidente que, según resultados oficiales, fue elegido en 2021 y que fue imitado por quien extrañamente alcanzó a pasar a la segunda vuelta electoral en 2026, tuvo la atrevida transparencia —mejor sería decir desfachatez— de reconocer: «…no estoy preparado para gobernar… A mí nadie me entrenó para ello…».
Sin duda alguna, la actual mandataria sí está preparada para gobernar el país y para devolverle el orden y el progreso que resultaron dañados por la inacción, la impericia y, peor aún, la corrupción por parte de quienes llegaron al poder nacional y subnacional en los últimos cinco lustros, con honrosas excepciones o defectos de menor grado.
No es casual, entonces, que Keiko Fujimori haya sabido explicar y defender con solvencia cada párrafo de su Plan de Gobierno y haya hecho del contacto directo con los pobladores de cada rincón del país una regla invariable, esté o no en campaña y, sobre todo, ahora que personifica a la Nación.
Incluso, la atrevida impaciencia de ciertos sectores —vinculados precisamente con quienes detentaron, directa o indirectamente, el poder en las últimas décadas—, que le reclaman que en menos de un mes de gestión solucione los problemas que se han vuelto casi estructurales, más que un deseo de socavar al flamante gobierno, podría ser una prueba palpable de que hasta ellos tienen la certeza de la capacidad y preparación de la presidenta de la República.
Dejemos trabajar al gobierno apenas iniciado y mantengámonos unidos y atentos para defenderlo.
