Por María del Pilar Tello
Artículo de opinión
Lo que hoy experimenta la sociedad peruana es algo más que una crisis, es una sensación de pérdida de control de su destino. Es, en términos colectivos, una pesadilla o en literatura un estado kafkiano.
No es un recurso retórico. El país enfrenta la convicción de que sus problemas no tienen salida. Y esa convicción es, en sí misma, un factor de desestabilización, indefensión y angustia,
La llamada inseguridad ha dejado de ser episódica para convertirse en estructural. Las organizaciones criminales operan con creciente sofisticación, control territorial y capacidad económica. El Estado no logra una respuesta integral.
La autoridad ha perdido la conducción del orden. El problema no termina allí. La crisis de seguridad se inserta en una crisis de legitimidad del sistema político. Las instituciones funcionan, pero no convencen. Las decisiones se toman, pero no persuaden. Los procesos avanzan, pero no generan confianza.
La legitimidad, como fundamento del poder, es erosionada progresivamente. Se debilita el poder que pierde eficacia, incluso cuando mantienen formalmente sus atribuciones. La galería de presidentes indeseables que nos ha puesto el Congreso en el momento más difícil de la República no termina. José María Balcazar tiene tres meses en Palacio y ya es candidato a la vacancia.
Decisiones estratégicas vinculadas a la defensa nacional, la seguridad o la gestión de recursos— ingresan al debate público sin el respaldo mínimo de confianza, envueltos en dudas y sospechas. Hasta la suprema consulta electoral es una parodia de equivocaciones sin respeto al voto popular.
El resultado es un círculo vicioso: la desconfianza debilita la acción del Estado, y alimenta más desconfianza. Así se configura la pesadilla en que estamos. El país no se detiene, pero tampoco avanza. Las instituciones funcionan, pero no cumplen su propósito. La democracia se vacía desde dentro.
La historia muestra que las democracias no colapsan por rupturas abrupta, se degradan progresivamente, hasta convertirse en estructuras formales sin sustancia real. En este proceso, emergen riesgos concretos: la captura del Estado por intereses espurios, la expansión de economías ilegales, la naturalización de la corrupción, y la tentación de soluciones autoritarias.
El Perú se encuentra en esta zona de riesgo. No es un Estado fallido. Pero enfrenta condiciones que pueden conducir a una degradación institucional inercial sin salida a la vista.
Es fundamental reconstruir la narrativa colectiva para volver a creer en nuestra viabilidad. Ningún país sale de una crisis de tales dimensiones si su propia sociedad deja de creer en él. Y esa es la tarea pendiente. El Perú no está sin salida, está sin conducción.
