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Artículo de opinión
El poder se asocia con la fuerza militar, pero, en las relaciones internacionales, es la capacidad de un Estado para obtener resultados, condicionar decisiones e influir sobre las reglas dentro de las cuales los demás deben actuar. Incluye territorio, fuerzas armadas, economía, tecnología, finanzas, energía, infraestructura, conocimiento, alianzas y legitimidad.
El tema central es cuánto poder tiene un Estado, cómo se distribuye dentro del sistema internacional y qué cambios produce esa distribución. La tensión surge entre quienes establecen las reglas vigentes y quienes creen que su poder no está adecuadamente reflejado en ese orden.
Robert Gilpin explica que el orden internacional suele corresponder a cierta distribución del poder durante ciclos históricos de ascenso, liderazgo y declive. Henry Kissinger sostiene que ningún orden puede sostenerse mediante la fuerza; necesita legitimidad y ciertos grados de aceptación de las reglas fundamentales.
Para Randall Schweller, en Broken Cycle (2026), todo parte de un ciclo histórico: una potencia alcanza una posición dominante, organiza un orden, el orden se erosiona, aparecen actores insatisfechos y revisionistas, aumenta el disenso y, finalmente, una gran crisis o guerra sistémica redefine la distribución del poder.
Poder dominante → orden → pérdida relativa de poder → disenso → revisionismo → crisis → guerra sistémica → nuevo equilibrio → nuevo orden.
Schweller plantea que ese ciclo puede haberse roto. Hoy, una guerra entre grandes potencias con armas nucleares no cumple la misma función que las guerras hegemónicas del pasado: destruir un orden y permitir que los vencedores construyan otro.
Podemos haber entrado en una etapa distinta: el viejo orden pierde legitimidad y capacidad, pero no es sustituido plenamente. Los Estados revisionistas consideran que ciertos aspectos de la distribución del poder existente, del territorio, del prestigio o de las reglas deben cambiar. La pregunta no es cuánto poder posee un Estado, sino qué pretende hacer con ese poder.
Rusia, Irán y China cuestionan el orden actual, pero de formas distintas y con objetivos diferentes.
Rusia representa un revisionismo territorial y estratégico. La guerra iniciada en 2014 en Crimea escaló en 2022, con el objetivo de obtener más territorio y ampliar su entorno estratégico. Cuestiona un orden europeo contrario a sus intereses como gran potencia.
Irán, sin una capacidad equivalente a la de Estados Unidos, utiliza su posición regional, sus redes de aliados y vulnerabilidades estratégicas, como el estrecho de Ormuz, para elevar el costo de la confrontación. Su poder, más que orientarse a la destrucción, utiliza capacidades para interrumpir, bloquear o generar costos desproporcionados.
China constituye un desafío sistémico. Su poder es industrial, comercial, tecnológico, financiero y militar. No necesita destruir el orden internacional que facilitó su ascenso. Participa en sus instituciones e impulsa otras, al tiempo que reclama autoridad para modificar equilibrios y reglas.
Reducir a China a la categoría de “Estado revisionista” es insuficiente. Su crecimiento ya modificó la distribución mundial del poder. Cuando las instituciones conservan la misma estructura, aunque la distribución del poder haya cambiado, aumenta la tensión entre las reglas del orden existente y la nueva realidad internacional.
Rusia, Irán y China presentan distintas manifestaciones ofensivas contra Occidente. Representan un cambio en la distribución del poder que rompe el consenso sobre las reglas internacionales.
¿Estamos ante un nuevo orden o ante un desorden prolongado? Las grandes guerras resolvieron esa contradicción mediante conflictos que dieron paso a un nuevo orden. Las potencias nucleares pueden haber cambiado esos mecanismos, al volverlos demasiado peligrosos.
En una etapa incierta, el viejo orden se erosiona, los actores lo desafían, pero ninguno posee la combinación de poder, legitimidad y aceptación necesaria para construir el siguiente orden.
