Artículo de opinión
En las regiones más oscuras, tenebrosas y profundas del Hades, sumergido como Tántalo, y no en medio de aguas puras y cristalinas, sino en una ciénaga, yace agonizante César Hildebrandt, el representante más encumbrado y glorificado del caviarismo ilustrado del periodismo peruano. El hombre de pluma prodigiosa, de escritura llena de giros lingüísticos sorprendentes, de agudo cerebro dotado de ingenio, que desde el trono moralizador sentenciaba -como inquisidor implacable- sobre lo bueno y lo malo, ha demostrado que es un hombre de espíritu pequeño.
¿Cómo es posible que aquel respetable hombre que con manos limpias hacía surcos para esparcir abundantemente las semillas de la virtud, de su terreno solo haya crecido un árbol torcido que, en lugar de dar frutos saludables y sabrosos, solo da podridos y emponzoñados? Este nuevo caso de «fariseísmo periodístico» revela el avanzado estado de putrefacción moral en el que se hallaba el venerado periodista.
Pesan sobre el moderno inquisidor -quien en lugar de lengua tiene un mazo y en lugar de palabras tiene flechas bañadas en el veneno activo y eficaz de la sangre de la Hidra de Lerna- denuncias que nacen de las entrañas del semanario ‘Hildebrandt en sus Trece’, es decir, de sus propios trabajadores.
Los acérrimos defensores de Hildebrandt, en su mayoría «puritanos ideológicos» -que solo son capaces de advertir los actos inmorales y corruptos de sus adversarios- han sacralizado al periodista y grabado su nombre con letras doradas en un martirologio. En el imaginario de la izquierda, Hildebrandt, es contemplado como alguien insobornable, representante de la pureza moral y dueño de una rectitud inquebrantable; y el semanario, como la última fortaleza de resistencia periodística independiente.
¿En los brazos de quién descansará la izquierda peruana contemporánea, tan huérfana de intelectuales respetables, si su «virtuoso y moralmente incorruptible periodista» hoy se cubre de infamia y se viste de deshonra? Con cítaras y violonchelos habrá que componer la música que despida solemnemente del «campo de los justos y virtuosos» a Hildebrandt, el hombre que vivía engañosamente entre ellos y que hoy desnuda su verdadera naturaleza.
