Artículo de opinión
El verdadero debate no consiste solo en acelerar o frenar el desarrollo de la inteligencia artificial, sino en decidir quién gobierna su velocidad, con qué controles y en beneficio de quién.
La advertencia de Darío Amodei, CEO de Anthropic, para poner frenos a la velocidad con que avanza la IA merece atención, pero también una lectura crítica. Él no propone paralizar la investigación. Plantea acompasar el desarrollo de los modelos para que las medidas de seguridad puedan alcanzarlos. Su propuesta contiene tres elementos concretos: evaluadores independientes dentro de los laboratorios, estándares comunes entre las principales empresas y, finalmente, coordinación mundial. También sostiene que uno o dos años adicionales permitirían avanzar en auditoría, interpretabilidad y seguridad. El planteamiento completo de Amodei es, por tanto, más serio que el simple alarmismo.
Pero aparece una contradicción fundamental: Amodei presenta un problema de la humanidad y, simultáneamente, propone resolverlo preservando la superioridad estadounidense. Reclama controles de chips y tecnologías contra China y afirma que la desaceleración no debería poner en peligro la ventaja de Estados Unidos. Su doctrina tiene dos caras: precaución tecnológica y contención geopolítica.
China no carece de razón cuando descubre ese componente estratégico, pero su reacción también está guiada por su propio interés. Beijing acusa a Amodei de utilizar la seguridad para conservar la hegemonía estadounidense, mientras rechaza cualquier limitación que pueda frenar su propio ascenso. Trump hace exactamente lo contrario con idéntica finalidad: descalifica las advertencias, afirma que “quien gane la IA, gana” y subordina la regulación al objetivo de mantener el liderazgo norteamericano. La reacción de Trump coincide con una política oficial orientada a eliminar regulaciones consideradas obstáculos para la innovación. El Plan de Acción estadounidense lo expresa claramente.
Hablamos de temeraria desregulación competitiva o de peligrosa regulación mínima subordinada a la supremacía estadounidense. Trump acepta algunos autocontroles voluntarios y de seguridad nacional, pero rechaza aquellos que puedan reducir la velocidad o la ventaja de sus empresas.
Europa ha tomado otra dirección. Ursula von der Leyen respaldó el 16 de septiembre, la necesidad de acompasar el desarrollo y convocará a los principales laboratorios, aunque Alemania ha advertido que detener la innovación tampoco sería viable. La posición europea demuestra que todavía no existe un consenso internacional como el que existió para frenar la energía nuclear.
La analogía nuclear es muy poderosa, entendida como equivalencia política y no técnica. La IA es más difícil de controlar que la energía atómica: no está concentrada solo en instalaciones estatales, sino distribuida entre corporaciones, centros de datos, algoritmos y redes mundiales. Pero necesita lo mismo que exigió el peligro nuclear: inspecciones, umbrales de seguridad, prohibiciones absolutas, responsabilidad y acuerdos verificables.
La idea central para defender el interés de la humanidad es que no es posible dejar el acelerador, el freno y el tablero de control de la inteligencia artificial en manos de las mismas empresas y potencias que compiten por llegar primero o dominarla para ganar poder y dinero por encima de todo.
América Latina no tiene que elegir entre la desregulación corporativa estadounidense y el control estatal chino, debe construir un no alineamiento tecnopolítico activo. Debe reclamar auditorías independientes y evaluación previa de los modelos de frontera. Obligación de informar incidentes y responsabilidad jurídica por los posibles daños. Límites mundiales a los usos incompatibles con la dignidad, la democracia y el control humano. No a la autonomía de armas letales. Soberanía regional sobre datos, infraestructura, capacidad computacional, energía y minerales. Participación latinoamericana real en la elaboración de las reglas internacionales.
Los dos artículos pueden ser complementarios:
La inteligencia artificial es la creación máxima de la humanidad, en la medida que puede ser muy disruptiva no debe pertenecer a quien llegue primero o a quien tenga más dinero o más poder, debe responder a una humanidad que todavía debe aprender a gobernarla. Pero es otro debate.
