El intercambio de acusaciones entre Recep Tayyip Erdogan y Benjamín Netanyahu sube de tono a un ritmo que pocos analistas anticipaban. La solicitud turca de una orden de arresto de Interpol contra el primer ministro israelí, la respuesta de Netanyahu calificando a Erdogan de «dictador antisemita» y el bombardeo israelí a la base de Abu al-Duhur no son hechos aislados: son la manifestación de una rivalidad acumulada desde la caída de Bashar al-Asad.
Nada anuncia una confrontación militar directa, pero la dureza y frecuencia de los intercambios demuestra una tensión estructural, latente y permanente, que podría activarse ante algún incidente. La rivalidad se evidencia en Siria, donde Ankara y Jerusalén miden fuerzas sin chocar frontalmente. Turquía mantiene presencia militar en el norte del país, heredada de años de intervención contra el Estado Islámico, pero sobre todo contra las fuerzas kurdas. Israel opera en el sur, franja próxima a los Altos del Golán, buscando alejar cualquier amenaza en sus fronteras. Ambos ejércitos ocupan porciones del territorio sirio en forma desproporcionada, con una huella turca varias veces mayor que la israelí. Ambas naciones usan la retórica de «ocupación» como arma política.
La posición del gobierno sirio es delicada. Ahmed al-Sharaa, líder que emergió tras la caída de Asad, evita alinearse abiertamente con Turquía o Israel en esta disputa. Su cancillería desmintió cualquier despliegue turco en Abu al-Duhur, gesto que responde a la necesidad de contener una crisis más que tomar partido geopolítico.
La relación de Damasco con Turquía no gira en torno a Israel, se relaciona con los kurdos. Desde 2016 Ankara ha sido el actor externo más comprometido en contener a las fuerzas kurdo-sirias, una extensión del PKK, catalogados como organización terrorista por Turquía, Estados Unidos y la Unión Europea. Para al-Sharaa, mantener a Turquía como socio de seguridad garantiza el control kurdo en el noreste sirio, no una alineación contra Israel.
La relación entre Ankara y Jerusalén, lejos de ser pacífica, se limita al plano verbal, con duras declaraciones entre gobiernos. Netanyahu llamó a Erdogan «dictador antisemita», «ha masacrado a kurdos, apoya la masacre perpetrada por Hamás y oprime a su propio pueblo», ocupando media isla de Chipre.
La Cancillería de Ankara declaró que «así como el genocida Hitler llegó a su fin, también lo hará el genocida Netanyahu», frases que resumen el tono entre gobiernos. Tras la retórica está el dato operativo. La inteligencia israelí identificó maniobras turcas en Alepo, lo que llevó al bombardeo de las pistas en Abu al-Duhur. Ankara y Damasco lo niegan. La lógica expansiva de Ankara, con el consentimiento sirio ante su propia fragilidad, es interpretado por Israel como amenaza.
Los avances turcos contra los kurdos, Israel cuidando su frontera norte y Damasco sobreviviendo entre ambos, convierte a Siria en un polvorín de baja intensidad. El pacto de defensa entre Arabia Saudita, Pakistán y Turquía añade riesgos, elevando el costo ante errores de cálculo entre Ankara y Jerusalén que pudieran ocurrir a la sombra de esa alianza. Washington sostiene que es necesario refinar un mecanismo de desescalamiento.
La conclusión es una tensión que se retroalimenta, de la retórica a hechos militares puntuales y de vuelta a la retórica, sin confrontación abierta. Turquía necesita a Siria para resolver su problema kurdo, Israel necesita frenar movimientos en su frontera norte y Damasco necesita sobrevivir entre ambos. El ciclo retórico baja el umbral de tolerancia que define un frente latente, sin certezas de guerra.
Turquía – Israel: más tensiones en Oriente Medio
La rivalidad entre Turquía e Israel encuentra en Siria su principal escenario de fricción. Nada anuncia una confrontación militar directa, pero la dureza y frecuencia de los intercambios verbales demuestra una tensión estructural, latente y permanente, que podría activarse ante algún incidente.
