Foto-Ricardo Vásquez Kunze. (Vía: Twitter)
Artículo de opinión
Este es un texto testimonial. No es objetivo, pero, en este caso, no es un demérito, sino un acierto. Trabajo desde hace meses para Fernando Rospigliosi, presidente encargado del Congreso. Nos conocemos desde hace muchos años del quehacer periodístico, pero no somos amigos íntimos. Supongo que por eso me llamó para colaborar con él en el último tramo de su mandato.
Escribo esto porque veo, escucho y leo a gente cualquiera, literales desconocidos, despotricar contra él en las redes sociales, periódicos, radio y televisión, como si lo conocieran de toda la vida. Eso me indigna, sobre todo porque nadie sale a defenderlo. Lo que yo he visto es a un hombre honorable decir verdades que incomodan, que muchos piensan, pero que no se atreverían a decir.
Doy fe del trabajo ciclópeo de un hombre que ya lleva varios años a cuestas. Es el primero en llegar y el último en irse para cumplir sus responsabilidades, ya sea en el Palacio semiderruido por los trabajos de remodelación, ya sea en el llano, haciendo su trabajo de representación. Sus enemigos, caviares y comunistas de todos los pelajes, lo quieren pintar como un hombre amargado, gruñón y cascarrabias. Incluso quieren instaurar la narrativa —en eso esa chusma es experta— de que es un Rasputín o un Montesinos. Rasputín era un monje campesino ignorante. Montesinos, un mafioso oculto en las sombras. Fernando es todo lo contrario: leído, culto, lúcido, inteligente y transparente. Siempre bien informado. Bonachón y con un descollante sentido del humor.
Eso sí, no transige con comunistas y caviares porque los conoce y sabe que estos SIEMPRE MIENTEN. No se puede creer en la palabra de un comunista o de un caviar cuyo único fin, aparte de llenarse los bolsillos con asesorías, es destruir el “Estado burgués”, atacando la columna vertebral de su defensa, de lo que en realidad es un Estado de derecho. Así es: el fin último de estos miserables es liquidar a las Fuerzas Armadas y a la Policía Nacional, así como infiltrarse y copar las instituciones judiciales y fiscales para perseguir, con el manto de la “justicia” y los “derechos humanos”, a sus enemigos políticos.
El caso palpable y sin discusión es el de la misma presidenta electa, Keiko Fujimori, 500 días presa por un juez y un fiscal que hoy ya fueron expectorados de la magistratura, pero que revelaron su verdadera faz militante en el partido que perdió el balotaje contra la señora Fujimori. A Fernando lo detestan esos porque quieren perpetuar su persecución contra militares y policías en juicios infinitos, literalmente kafkianos, contra las fuerzas del orden que combatieron a los enemigos de la patria en los años 80 y 90 del siglo XX. Es el mundo al revés. No hay peor violación de los derechos humanos que la persecución que no termina nunca.
Rospigliosi ha puesto fin legal a esa injusticia que los caviares y comunistas, expertos en las consignas, han llamado leyes de “impunidad” y leyes “procrimen”. Son, evidentemente, todo lo contrario. Rospigliosi está donde está por mano del destino. Postuló por FP en el puesto 7 y no salió elegido. No es novedad en un país donde los mejores no llegan. Quedó de accesitario del número 1 de la lista, el tempranamente desaparecido Hernando Guerra García, QEPD. Asumió sus funciones y muy rápido se convirtió en un hombre de Estado. Es la mejor adquisición que ha tenido el fujimorismo en los últimos 25 años, porque tiene peso propio junto con algunos que quedan de la vieja guardia.
Eso lo saben sus enemigos, que ahora intentan introducir una cuña entre él y el partido porque da “mala imagen”. Es la típica maniobra de manual. Se deshacen del mejor para que no los estorbe y meterse ellos. Aquí termino. Como decía el príncipe de la traición, monsieur de Talleyrand: “No hay mejor manera de destruir un régimen que estar adentro”. Gracias, Rospi.
