Dra. María del Pilar Tello
María del Pilar Tello, abogad y analista política- Artículo de opinión
La propuesta del presidente Donald Trump de convertir al Perú en “socio estratégico” de la OTAN es históricamente preocupante. Responde a una lógica que América Latina conoce bien, la que busca alinear a la región a intereses externos, aun cuando ello contradiga su realidad económica, su historia y sus prioridades.
La OTAN es una alianza militar concebida para el Atlántico Norte, surgida en el contexto de la Guerra Fría y diseñada para responder a amenazas propias de Europa y Norteamérica. El Perú, país del Pacífico Sur, no comparte ni la geografía, ni los conflictos, ni los riesgos estratégicos que justifican la existencia de esa organización. Integrarlo —aunque sea simbólicamente— no responde a una necesidad peruana, sino a una estrategia ajena.
Esta propuesta ignora una realidad que China lleva más de una década consolidando su presencia económica en América Latina. Hoy es uno de los principales socios comerciales del Perú y de gran parte del continente. No se trata de afinidades ideológicas ni de alineamientos políticos, sino de comercio, inversión, infraestructura y cadenas logísticas que ya funcionan y no pueden borrarse por decreto.
El Puerto de Chancay coloca al Perú en el centro geoeconómico del Pacífico sudamericano y lo proyecta como un nodo estratégico del comercio Asia–América Latina. Es una oportunidad y un desafío de administrar esa centralidad sin caer en nuevas formas de dependencia.
América Latina fue colonia de España, luego se integró al sistema mundial como periferia subordinada, y durante el siglo XX vivió bajo distintas formas de dependencia económica, financiera y política. Estados Unidos descuidó a la región durante más de diez años. Redujo su presencia económica, abandonó proyectos de cooperación y trató a América Latina como un espacio marginal. Ese vacío fue ocupado por China con pragmatismo, continuidad y recursos. Pretender revertir ese proceso mediante exigencias de alineamiento o rupturas forzadas es tardío e irresponsable.
Washington busca recuperar influencia frente al ascenso chino, económico, tecnológico y político, pero no puede hacerlo pasando por encima de la soberanía y la realidad concreta de nuestros países. América Latina no es un tablero vacío ni un escenario secundario de disputa entre potencias.
El Perú no tiene que elegir entre China o Estados Unidos, debe construir una política exterior soberana, pragmática y consciente de su historia. El riesgo no es comerciar con China, es no saber regular, negociar y proteger los intereses nacionales. No se trata de cambiar un amo por otro, sino de dejar atrás la lógica colonial bajo cualquier bandera.
No hay hoy ninguna razón para una confrontar con China, ni beneficio en asumir roles ajenos. La tarea es convertir la nueva centralidad económica del Perú en desarrollo, autonomía y poder de decisión, aprendiendo de nuestra historia para no repetirla. La lucidez política, hoy, es una responsabilidad patriótica,
El Perú necesita una política exterior orientada por la realidad y no por consignas importadas. Un gobierno de transición no puede darse el lujo de improvisar en materia estratégica, ni de aceptar propuestas que comprometan el futuro del país. La diplomacia no es un gesto simbólico: es una herramienta de defensa nacional. La política exterior no puede ser un reflejo tardío de intereses ajenos. Debe ser una expresión consciente de nuestro país.
