Es la segunda designación de un peruano en el entorno de León XIV en menos de tres meses.
El Sumo Pontífice León XIV ha otorgado el título honorífico de Capellán de Su Santidad al sacerdote peruano Guillermo Inca Pereda, actual secretario general adjunto de la Conferencia Episcopal Peruana (CEP). Esta distinción, reservada para clérigos con una trayectoria pastoral sobresaliente, reconoce el compromiso evangelizador del padre Inca, quien también ejerce como vicario general del Obispado Castrense del Perú.
La designación refuerza la presencia del clero nacional en la Santa Sede, sumándose al nombramiento de monseñor Edgard Rimaycuna como secretario personal del Papa el pasado noviembre, un gesto que el presidente de la CEP, monseñor Carlos García Camader, calificó como una muestra de especial afecto del Pontífice hacia la Iglesia peruana.
Guillermo Inca Pereda posee una vasta experiencia administrativa y espiritual dentro de la jerarquía eclesiástica. Desde 2011, desempeña un rol clave en la CEP y lidera la Parroquia María Misionera, recinto que hoy ostenta la categoría de Santuario Diocesano del Divino Niño Jesús. Su labor en el Obispado Castrense, donde se encuentra incardinado desde 1996, ha sido fundamental para la asistencia religiosa a las fuerzas del orden.
Con este nuevo título, el padre Inca se integra a la Familia Pontificia, adquiriendo el tratamiento de monseñor y facultades para colaborar en el ministerio del Sucesor de Pedro cuando sea requerido.
Nacido el 26 de abril de 1959 en Santiago de Chuco, La Libertad, el monseñor Inca inició su formación religiosa en 1975 con los Oblatos de San José. Su preparación lo llevó a realizar el noviciado en Brasil y a emitir sus votos perpetuos en Lima en 1984. Un hito significativo en su vida sacerdotal ocurrió el 3 de febrero de 1985, cuando fue ordenado presbítero por Juan Pablo II durante la histórica visita del hoy santo al territorio peruano.
Antes de asumir sus funciones actuales en la capital, el flamante capellán desarrolló una intensa labor en el interior del país. Entre 1988 y 1989, sirvió como párroco en Pomabamba, Áncash, y posteriormente lideró la parroquia de la Sagrada Familia hasta mediados de la década de los noventa.
Su traslado al sector castrense y su labor en zonas como Pamplona Baja consolidaron su perfil como un gestor de comunidades y un colaborador estrecho de la misión episcopal, méritos que hoy la Santa Sede ratifica con esta distinción pontificia.
