A estas alturas la concurrencia de causas para que el Perú se deshaga de su “presidente encargado” son tantas, que su desafuero dimana inevitable. Quién, en circunstancias alucinantes y por absoluto capricho del destino, ocupó el solio de Pizarro –de la misma manera y con extraordinario pundonor– dilapidó las expectativas ciudadanas en forma irresponsable. Mas, no fue en el ejercicio de sus funciones. No por incurrir en errores producto de su inexperiencia clamorosa. Tampoco por dejar pendientes debido a sus carencias para manejar los asuntos públicos.
¡Nada de eso!. Porque de haber sido así, se podría tejer algún tipo de excusa y ver las cosas con cierta benevolencia. En su caso, lo imperdonable es la grosera transgresión de los principios más elementales de la ética pública. Lo que conlleva el manchar de ignominia la Jefatura del Estado, la Representación de la Nación, que el cargo presidencial encarna. En efecto, son totalmente ajenos a la función de un auténtico Presidente de la República el reunirse con elementos con antecedentes penales, soterrado y con disfraz pueril. Como lo es degradar Palacio de Gobierno a agencia de empleos y otros tratos suspicaces. ¡Peor aún!. Son su perversión plena. Y Jerí es culpable ya no por mal Presidente, sino por envilecer la majestad de la institución presidencial.
Empero, lo que hace del personaje un zafio completo es devaluar: el “dirigir la política exterior y las relaciones internacionales” (Inc. 11º del Art. 118º constitucional). Tan excelsa responsabilidad del Presidente resulta vilipendiada cuando recurre a la mentira para justificar su conducta ilícita. Decir que la reunión en el chifa era para coordinar las celebraciones oficiales sobre la migración china al Perú, fue una pachotada boba y pueril. Lo que motivó una insólita rectificación de la Embajada de la República Popular China. ¡Una vergüenza por el papelón!.
Sin embargo, el culmen de la estupidez fue la foto con el embajador USA degustando hamburguesas americanas, con el epígrafe “cambiando de menú”. Una chanza, una burla, en el fondo un agravio contra el Perú, que desnuda su ridiculez intrínseca, su nula autoestima personal. Esta inmensa torpeza ha permitido que el representante de una potencia extranjera cuestione nuestra política internacional, se meta en temas de exclusiva competencia de país, nos “jale las orejas” y afirme temerariamente que vendemos nuestra soberanía.
La construcción del puerto de Chancay ha contado con la opinión pública y el respaldo de todos los sectores políticos. Mereció elogios múltiples a pesar que fue en tiempos de Dina Boluarte. Qué existan controversias sobre el contrato es un asunto interno, que se dirimirá ante la justicia peruana. Y los gringos, en gran pugna geopolítica con China, no pueden descalificar decisiones nuestras y menos presionarnos para renunciar al no alineamiento, en política internacional. ¡Sencillamente no tienen derecho!
