“Mamá”… Por: Octavio Huachani Sánchez

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“Soy una mamá gallina y siempre lo seré” decías riendo y mientras tus ojitos se perdían en tu pequeño rostro ibas acomodando a cada uno de tus hijos alrededor de la mesa.
Era la misma escena que año tras año se repetía. No importaba que cumplieras 50 u 80 años, tú seguías actuando de igual manera. Lentamente te acercabas hasta cada uno de nosotros y besándonos en la frente preguntabas por nuestra salud, por nuestro trabajo, etc. “Solo estoy cuidando que el vuelo de mis ruiseñores sea sin sobresaltos” nos decías, aún cuando ya éramos padres o abuelos y pintáramos las mismas canas que tú.

Naciste un día como hoy en el maravilloso valle de Cabana en Ancash, un lugar de inmensos prados esmeraldinos que parecían estar sembrados de pintorescas viviendas de paredes blancas con techos de tejas rojas. Ese hermoso paraje era embellecido por chaposas campesinas que iban pastoreando sus gordas y lanudas ovejas mientras tejían o entonaban dolidos huaynos.
Aún recuerdo cuando de niños nos llevaste a conocer los pagos de nuestros abuelos y nos alojamos en la pequeña choza que construiste con tu hermano, debajo de una colina y arriba de un arroyuelo.

Desde ese mágico lugar se podía escuchar el discurrir de las rumorosas y chúcaras aguas del río Santa, al que los pobladores habían bautizado como Taky mayu o río cantor.

Luego de tomar desayuno salíamos a pasear. Me parece verte como orgullosa caminabas rodeada de tus hijos. Sonreías mientras ibas saludando a tus paisanos y

vecinos.
Hermosos recuerdos los tuyos mamá.

También recuerdo cuando, luego de merendar tomabas nuestras manitas y nos llevabas al bosque donde nos invitabas a jugar a las “escondidas”. Y tú, madre querida, hiciste de ese juego, algo maravilloso, algo mágico.

Sucedió hace muchos años, lo sé, pero lo recuerdo como si fuera hoy y, tengo que confesarlo, todavía me maravillo.

Dime Má ¿Cómo lo hacías? ¿Cómo lo haces? Cuéntame cómo entre sonrisas y miradas pícaras escondías tu menudo cuerpo entre los árboles y desaparecías. Sí, desaparecías, porque era inútil buscarte, ya que nunca logramos encontrarte. Recuerdo que a veces pasaban horas de horas para que finalmente nos sorprendieras apareciendo detrás del árbol menos esperado.

Pero un día Má, empezaste el juego sin nosotros y te escondiste en la alborada de una mañana y nos enteramos que en esta ocasión en vez de ocultarte sonriendo, tu carita lucía triste, muy triste.

Por favor mamá Corina, no demores en aparecer: hoy, tus hijos, con la misma confusión y esperanza de los niños de entonces, estamos esperando que aparezcas y todos estamos tristes, muy tristes…