Súplicas y agradecimientos: la fe que mueve a los devotos en el mes morado.
Las calles del Centro Histórico se han teñido de morado al iniciar el Mes Morado. En la intersección de Tacna y Emancipación, la venta de turrón de Doña Pepa, escapularios y velas moradas configura el paisaje que se repite anualmente. La temporada del Señor de los Milagros comienza y, con ella, el testimonio de miles de fieles que encuentran en el Cristo Moreno no solo una tradición, sino la esperanza de un milagro.
En la Iglesia Las Nazarenas, el patio de velas concentra los gestos de fe más íntimos. Allí se encienden cirios, se levantan fotografías y se dejan estampas y túnicas frente al gran mural. Aunque solo los encargados tocan la imagen, cada devoto cree que su pedido viaja a través del fuego encendido.
La devoción al Cristo de Pachacamilla es, para muchos, un legado familiar. Johnny Urquiaga, de 66 años y natural de Trujillo, resume la fuerza de esta fe. Tras pasar quince años alejado de sus hijos, se arrodilla frente al mural sin temor a llorar en público. “Alguna vez le dije al Señor: si yo vengo y me humillo, es por ti. Me concedió el milagro de reunirme con mis hijos,” relata Urquiaga. “Desde entonces vengo para agradecer y pedir por ellos.”
Urquiaga, cuya fe fue inculcada por su madre, reconoce que errores de juventud lo alejaron de su familia. Hoy, su devoción no solo incluye a sus hijos—»pido por su salud, por mi salud; para que sean grandes, para que sean exitosos»—, sino también el agradecimiento por una protección constante. Recientemente, un incidente en la carretera con un amigo discapacitado lo convenció aún más del apoyo divino, al recibir ayuda inmediata en una zona desolada.
Otro testimonio de legado familiar es el de Willy, quien asiste acompañado por Naomi en representación de su padre enfermo. «Él me trajo de niño muchas veces, ahora me toca venir por él», menciona, asegurando que la tradición se mantiene como una promesa de curación, más allá de la presencia física.
Doris Sánchez, de 38 años, y su esposo Manuel Hilario, de 42, llevan en brazos a su hijo de nueve meses. El niño fue operado al segundo día de nacido debido a una grave complicación. «Y prometimos traerlo…», dice Doris, quebrando su voz, antes de entrar en un adolorido silencio.
El bebé, vestido con la túnica morada durante todo octubre como parte de la promesa, es llevado al santuario para la misa. “Por eso estamos acá con él. Somos de Villa María del Triunfo, pero casi siempre venimos al hospital”, retoma Doris, convencida de que la devoción ahora forma parte de la vida de su pequeño. Su cometido es encender su vela, dejarla, y pedir por la salud de su hijo, su hija y sus familiares.
A lo largo de los pasillos del santuario se repiten estas escenas: fotos entregadas para ser bendecidas, ancianas en silla de ruedas, hijos que acompañan a padres enfermos. Cada historia se entrelaza con una tradición que, en el décimo mes del año, moviliza a Lima entera.
Los Caballeros de las Nazarenas, encargados del orden en el templo, confirman esta vigencia. Uno de sus integrantes comentó que reciben a «enfermos, ciegos, personas con discapacidades. Todos buscan compasión, todos buscan un milagro». El lema de los Caballeros es «Amar y Servir», y destacan que el verdadero testimonio de un milagro es vivir con fe.
El calendario procesional del Cristo Moreno marca sus recorridos más esperados: el 4, 18, 19, 26 y 28 de octubre, además del 1 de noviembre, cuando regresa a su altar. Cada salida convoca multitudes que reafirman una de las expresiones religiosas más grandes de América Latina.
