Por Sandra Salinas Gervassi- Artículo de opinión
Pex
Candidata al Senado con el #1
Por el partido Primero la gente
No todos los peruanos que hoy viven fuera del país soñaron con irse. La mayoría no buscaba otro acento ni otro cielo. Querían quedarse. Trabajar, formar familia, construir futuro en la tierra donde nacieron. Sin embargo, en las últimas décadas, irse dejó de ser una excepción y se convirtió en una salida recurrente frente a un país que no logra ofrecer estabilidad ni horizonte.
Según estimaciones oficiales, más de tres millones de peruanos viven hoy en el extranjero, concentrados principalmente en Estados Unidos, España, Chile, Argentina e Italia. No se trata de una diáspora impulsada por la aventura o el intercambio cultural, sino por una suma persistente de crisis políticas, precariedad laboral y desconfianza institucional. La migración peruana no es una moda: es una respuesta.
Se va el joven que encadena empleos informales sin contrato ni derechos. Se va la profesional formada en universidades públicas que no encuentra oportunidades acordes a su preparación. Se va quien intenta emprender y se topa con un Estado que exige más de lo que acompaña. Se van porque quedarse se volvió resistir, no vivir.
Cuando el país expulsa en silencio
Durante los últimos treinta años, el Perú ha atravesado ciclos reiterados de inestabilidad política. Presidentes destituidos e incluso encarcelados, congresos enfrentados a la ciudadanía, escándalos de corrupción estructural y una economía que, aunque crece en cifras macroeconómicas, no logra traducirse en bienestar sostenido para la mayoría. En ese contexto, la migración se convierte en una válvula de escape.
El dato es revelador: más del 70 % del empleo en el Perú es informal, según cifras oficiales. Para millones de personas, eso significa vivir sin seguridad social, sin pensión, sin protección ante una enfermedad o una crisis. El futuro se vuelve frágil y la idea de quedarse pierde atractivo.
Pero no todos los exilios cruzan fronteras. Existe también un exilio interno, menos visible pero igual de profundo. Millones de peruanos permanecen en el país, pero sienten que no avanzan. Viven al día, sin servicios básicos de calidad, sin confianza en las instituciones, sin la certeza de que el esfuerzo será recompensado. Son ciudadanos en su propia tierra, pero excluidos del futuro.
El Perú que se fue… y el que sigue sosteniendo
A pesar de la distancia, el vínculo con el país no se rompe. Cada año, nuestros compatriotas en el exterior envían más de 4,000 millones de dólares en remesas, una cifra que equivale a cerca del 2 % del PBI nacional. Para miles de hogares, ese dinero no es un ingreso extra: es la diferencia entre estudiar o abandonar la escuela, entre atender una enfermedad o postergarla, entre sostener un pequeño negocio familiar o cerrarlo.
Sin embargo, detrás de cada envío hay una realidad poco visible. Jornadas laborales extensas, empleos que no siempre reconocen derechos, comisiones que reducen el monto final y un sistema que trata ese flujo de dinero como algo automático, casi inagotable. El sacrificio llega completo; el acompañamiento, no siempre.
En muchos casos, el dinero enviado recorre un camino lleno de intermediarios antes de llegar a destino. Se pierde en costos, se diluye en urgencias inmediatas y rara vez encuentra canales que le permitan convertirse en ahorro, inversión o estabilidad de largo plazo. No por falta de voluntad de quienes envían, sino por la ausencia de opciones claras, accesibles y confiables.
Un sacrificio que no logra multiplicarse
En pueblos y barrios enteros del país, la economía cotidiana se sostiene gracias a dinero que viene de fuera. Se arreglan casas, se pagan estudios, se cubren emergencias. Pero ese esfuerzo rara vez se traduce en proyectos productivos que generen empleo local o reduzcan la dependencia del envío mensual.
Muchos migrantes quisieran que su aporte sirviera para algo más que sobrevivir. No pocos imaginan pequeños negocios, iniciativas familiares o inversiones que permitan a sus hijos no tener que repetir el mismo camino del exilio. Sin embargo, la distancia, la falta de información y el temor a perder lo ahorrado terminan empujando a decisiones conservadoras: enviar, gastar, volver a enviar.
A eso se suma una brecha de conocimiento financiero que el Estado nunca asumió como responsabilidad. Para millones de peruanos —dentro y fuera del país— ahorrar, invertir o planificar sigue siendo un privilegio y no un derecho. El resultado es un círculo que se repite: sacrificio constante, impacto limitado.
Un país que envejece mientras muchos de sus jóvenes se ven obligados a dejarlo
La migración forzada por circunstancias adversas, no solo vacía hogares, también debilita comunidades enteras. Distritos donde los jóvenes ya no están, escuelas con menos alumnos, economías locales sostenidas por dinero que no se genera allí. A largo plazo, el impacto es político y social.
La clase política suele hablar de la migración en términos administrativos o de estadísticas. Rara vez la aborda como lo que realmente es: una señal de alerta sobre un contrato social roto. Gobernar no puede seguir siendo administrar crisis sucesiva, implica preguntarse por qué millones sienten que su único proyecto viable está fuera.
Valorar al peruano no es solo reconocer su esfuerzo en discursos, es crear condiciones para que ese esfuerzo tenga retorno, para que el dinero que llega del extranjero no sea únicamente un parche, sino una base de estabilidad, de proyectos, de futuro compartido. El derecho a quedarse.
Los peruanos no se van porque no le guste su país. Se van porque lo aman y no quieren resignarse a una vida sin horizonte. Muchos sueñan con volver; otros, al menos, con saber que su sacrificio sirve para algo más que sostener la urgencia.
El verdadero patriotismo no se mide en símbolos ni en frases solemnes. Se mide en la capacidad de un país para ofrecer razones para quedarse. Para que migrar sea una opción y no una condena; un acto de resistencia permanente.
Mientras eso no ocurra, el exilio cotidiano continuará. Y la patria seguirá perdiendo, no solo talento, sino futuro.
