“El barrio de mis amores”… Por Octavio Huachani Sánchez

0
629

La nostalgia había conducido sus pasos hacia ese lugar, depositario de sus añoranzas.

Llevaba varias horas, sentado en una de las añosas y endebles bancas que rodean la plazuela de Monserrate, su barrio, su “barrunto” su rrioba, aquel lugar que lo vio nacer, estudiar, que lo vio correr tras una pelota de trapo.

Aquel barrio donde con su “patota” se reunía en el parque para coordinar la palomillada del día. Claro que todo dependía de la temporada de los juegos que era la prioridad de sus actos.

Como suele suceder, en el grupo siempre había un “trome” para bailar el trompo o volar una cometa; otros para embocar el “bolero” y hacer malabares con el yo-yo.

Como no todos tenían dinero aparecía el ingenio de aquellos que “fabricaban” su propio juguete. Así fueron apareciendo el “run run”, que consistía en una chapa de gaseosa o cerveza al que luego de aplanarla le hacía dos huecos donde metían una pita y quedaba listo para hacerlo “zumbar”. Otro juego era el pin-pon que era “fabricado” del palo de una vieja escoba que se cortaba en dos segmentos: uno de unos 25 cm. de largo que hacía las funciones de “bate” y otro pedazo más corto, de unos 6 cm.

Recordar esos momentos hizo que sus ojos adquirieran un brillo por la añoranza de aquella su tierna infancia.

Se recostó, levantó sus brazos y los colocó sobre el respaldo. Luego miró hacia los lados.

Notó que algunos de los viejos solares que rodean el parque aún permanecían en pie. En los alrededores de la plazuela se encontraba la Estación del Ferrocarril Central que con cada llegada del tren le daba vida al lugar.

Pero ahora, eran otros tiempos y, ahora eran otras personas las que habitaban aquellos callejones, gentes con costumbres diferentes y con poco apego para conservar sus tradiciones y costumbres.

“No, ya nada es igual, de mi viejo barrio solo queda el recuerdo” masculló mientras alisaba su cano cabello. Luego, más calmo, mientras su vidriosa mirada recorría cada una de las viejas casonas que rodeaban la plazuela, empezó a recordar los momentos que disfrutó durante los cortos años que vivió allí.

Donde posara su cansino mirar se encontraba con algún trozo de su vida primera, recuerdos que aún deambulaban por las callejas de aquel barrio de la vieja Lima, recuerdos que tercamente se negaban a desaparecer.

Y justamente cuando esos recuerdos fueron invadiendo su memoria, en su ajado rostro empezó a dibujarse una tenue sonrisa que era una mezcla de melancolía y añoranza. Intentando ponerse cómodo, se arrellanó a un lado de la banca, luego entrecerró sus cansados ojos y puso su mente a divagar.

Luego, eso nunca lo sabría, imaginó o se quedó dormido.

De pronto, sin poder explicárselo, escuchó una voz que lo llamaba por su nombre: era su madre que le decía que entrara a casa porque el almuerzo ya estaba listo. Entonces de un salto abandonó la banca y cuando iba a cruzar la pista se dio cuenta que había olvidado el morral que su mamá había confeccionado con la misma tela color caqui de su uniforme. Lo cogió y sujetándose la “cristina” que llevaba en la cabeza, corrió hacía su viejo callejón cuyas rajaduras en las paredes mostraban el adobe y la quincha que se usaron para construirlo.

Como su familia vivía al fondo del callejón, caminó lentamente por el largo y estrecho pasadizo mientras iba saludando a las señoras que portando enseres de cocina o ropa de diario para enjuagar, estaban haciendo “cola” para usar el único caño que se ubicaba a mitad de camino.

A la entrada de su casa, dentro de una enorme batea de madera, reposaban en jaboncillo de boliche, ropa de hilo y algodón. En la cocina, un brasero con el carbón encendido mantenía caliente la olla de barro que contenía la comida del día. En la pequeña mesa su madre iba colocando los platos de un sabroso y aromático menestrón.

Apenas terminaba de merendar se ponía a hacer la tarea, que era requisito indispensable para pedir permiso y salir a jugar con sus amiguitos: El niño y la salud, Educación cívica, Historia del Perú y Geografía eran “pan comido”. El problema era la tarea de “Calculo”.
Cuando finalmente salía, sus amigos lo estaban buscando para jugar un partido de barrio contra barrio donde se jugaba la vida por defender su barrio. Eran partido ardorosos pero se jugaba sin mala intención. Después de todo después devolverían la visita y podían vengarse por un faul artero.

Pero, además del futbol también habían otros juegos colectivos como el lingo, las escondidas o los “ñoquitos” que se jugaban con cánicas y hoyos hechos en el suelo; los policías y ladrones y, el recurrente “Yan ken po”, donde “papel le ganaba a piedra, piedra le ganaba a tijera y tijera le ganaba a papel”.

De pronto, en un impulso inexplicable, movió su cuerpo bruscamente hacia un lado, cuando “sintió” como que le habían lanzado un balde de agua. Sonrió al percatarse que era tiempos de carnavales y que uno de sus amigos intentaba mojarlo.

Es decir, tiempos de bulliciosas fiestas. Las fiestas del Ño Carnavalón duraban hasta tres días y donde el jolgorio no cesaba ni un instante. Era una alegría compartida donde participaban todos.

Pero sin lugar a dudas la gran fiesta del barrio era la Semana de la Virgen de Monserrate. Fecha donde las tradiciones religiosas y criollas se unían haciendo una gratificante simbiosis. Era imposible separar la devoción católica con el criollismo de sus gentes.

Todas las casas, quintas y callejones adornaban sus frontis con coloridas cadenetas confeccionadas con papel cometa, tintineantes “quitasueños”, banderines y guirnaldas se balanceaban al ritmo del viento.

Desde la víspera, hasta el final de la fiesta, todas las calles de la plazuela permanecían ocupadas por una kermesse pletórica de colores y diversión y donde no faltaban los juegos mecánicos como las sillas voladoras, los caballitos, el tren fantasma y la calesita. Cerca estaban la ruleta ganadora, el tiro al blanco, el tumba gatos, en tren fantasma, etc.

Entre la iglesia y la Estación del Ferrocarril se armaba el estrado principal donde todas las tardes la banda de la Guardia Republicana ofrecía un variado y alegre marco musical que invitaba a bailar a los concurrentes.

El final de fiesta era apoteósico. El párroco era el encargado de prender la mecha del enorme castillo de carrizo que piso a piso soltaba una lluvia de mistura de coloridos fuegos artificiales hasta llegar a la cumbre donde una vez encendida, “la paloma” emprendería su viaje hacia las alturas ante los aplausos y vivas de los concurrentes que fueron retirándose poco a poco. Algunos “la continuaban” hasta la llegada del nuevo día.

A un lado las vivanderas terminaban la tarea de retirar sus quioscos. La mayoría mostraba rostros soñolientos.

De súbito el estridente ulular de las sirenas que emitían dos patrulleros hizo que las vivanderas se despabilaran y que él diera un salto que lo hizo caer de la banca donde se había quedado dormido.

Cuando el anciano se levantó notó que no había kermesse ni vivanderas, que las calles estaban silentes y, que ya era medianoche hora que, como en la Cenicienta, se termina la magia y culminan los sueños.
Azorado y hasta avergonzado, se acomodó el saco e inició el retorno a la cotidianidad de sus silencios, a la oquedad de sus ausencias, y confundido entre el calor de sus recuerdos y la alegría de haberlas ¿soñado? metió sus manos a los bolsillos de su pantalón y empezó a caminar sin saber si reír o llorar.