Artículo de opinión
Una promesa de dinero condicionada a que un partido conserve el poder plantea una pregunta que va más allá de su viabilidad económica: ¿qué lugar queda para la libertad del elector cuando el sufragio se convierte en objeto de transacción? Donald Trump ha prometido entregar 5.000 dólares a cada adulto estadounidense si el Partido Republicano conserva el control de la Cámara de Representantes y del Senado en las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre. No se trata de una promesa menor: su costo podría superar el billón de dólares y, para concretarse, necesitaría la aprobación del Congreso. Tampoco se sabe con claridad de dónde saldrían los fondos. La discusión no se reduce a si el Gobierno tiene dinero para pagar.
a pregunta política y ética es ¿qué significa ofrecer una suma de dinero a toda la población a condición de que un partido retenga el poder? La promesa no exige que cada ciudadano demuestre haber votado por los republicanos. Pero sí ata un beneficio económico al resultado colectivo de una elección y lo presenta como recompensa por mantener a un partido en el gobierno. Conviene distinguir esa promesa de la compra directa de votos. La legislación federal estadounidense prohíbe ofrecer dinero a una persona a cambio de que vote por un candidato o se abstenga de hacerlo, y también prohíbe pagarle por votar. La promesa de Trump, tal como ha sido formulada, no establece ese intercambio individual. La situación jurídica es más refinada. Se ha debatido si el pago dependería del resultado electoral y requeriría una decisión legislativa. No corresponde considerarla como un delito de compra de votos. Pero la calificación legal no elimina el problema ético. En una democracia, el voto debe expresar una decisión libre, formada a partir de ideas, intereses y propuestas. Cuando quien ocupa la presidencia promete un pago considerable si su partido conserva el poder, el dinero entra en la relación entre gobernante y elector de una manera casi definitiva. La ciudadanía deja de ser tratada solo como titular de derechos y queda como beneficiaria de una lealtad política que se intenta asegurar. También se anunciaron pagos de 90 dólares para millones de personas inscritas en Medicare Part B y reembolsos de 500 dólares para los usuarios del seguro médico federal. Son programas y beneficios con explicaciones propias; los 90 dólares se presentan como ayuda para cubrir primas de Medicare. No se puede decir que sus receptores deban votar por los republicanos pero cuando anuncios de dinero se acumulan en plena campaña, el Gobierno debe explicar con transparencia quién recibe los pagos, de qué fondos y por qué en estos momentos.
La misma inquietud aparece en el caso de Groenlandia, aunque allí los hechos deben formularse con cautela. Según Reuters, funcionarios estadounidenses conversaron sobre pagos cuantiosos a los groenlandeses para inducirlos a separarse de Dinamarca y acercarse a Estados Unidos. Eso no equivale a una decisión adoptada ni a una oferta confirmada para comprar el resultado de un referéndum. Pero revela una concepción preocupante: que la voluntad política de una población puede ser persuadida con una suma de dinero, como si la pertenencia nacional y la autodeterminación fueran bienes disponibles al mejor postor.
El dinero tiene un lugar en la política: financia campañas, comunica propuestas y permite organizar la competencia electoral. El problema surge cuando el poder público presenta el dinero como incentivo para que la ciudadanía respalde la continuidad de un partido. La democracia no se conserva solo porque se abran las urnas. También importa que nadie use los recursos y la autoridad del Estado para debilitar la autonomía de quienes votan. Y menos aún para eliminar la alternancia en el poder, la perpetuación en él es autocracia.
La pregunta es sencilla y fundamental: ¿cuánto puede ofrecer un gobernante antes de que el sufragio empiece a parecerse a una transacción mercantil? Una elección libre no tiene precio. Y ningún elector debe sentir que su voto vale lo que el poder promete depositar en su cuenta.
