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Artículo de opinión
“Ya no sé si soy peruano o español. Me voy a lanzar a pedir la nacionalidad peruana y así convertirme en un español y en un peruano”.
En el claro rostro de Román, destacan sus gafas negras como contrastando aún más su blanca cabellera. Enchido de un verbo ágil y de un argumento contundente en cada frase, Román Cendoya se convirtió en un animador, consciente y audaz, de esta última campaña presidencial en el Perú. Invitado habitual en los estudios de televisión y espacios de streaming de la capital, sus argumentos brillaron como el filo de la espada de algún caballero andante que no hizo triste figura. Su estilo, firme y directo, desconcertaba a sus adversarios por lo transparente de su palabra en cada aparición pública.
Pero lo suyo no era veneno ni hiel. Con argumentos bien hilvanados conducía cada entrevista afirmando siempre su libertad y su convicción: algo vedado en el ámbito de los balcones de Lima, en donde las celosías cuidan la media voz y los estruendos se silencian, para evitar ser descubiertos y ver quien gana en la calle de la política sin revelarse antes de tiempo, no vaya a ser…
Sin duda, el reconocimiento a destacados ciudadanos que el Parlamento Andino le ha hecho al imponerle la condecoración de la “Gran Medalla de los Andes” el viernes 24 de julio, lo honra significativamente por su aporte al Perú, junto a su amplio conocimiento de la política de la región y por ser un visitante asiduo desde hace 30 años.
No es parte del azaroso juego de la vida, sino la expresión de un trabajo forjado en su estilo, siempre innovador y libre, frente a los temas de estudio, como en su libro “(r)evolución. Del homo sapiens al homo digitalis”, en donde explica, desde su experiencia generacional, la importancia de la revolución tecnológica que el mundo ha vivido, y sigue viviendo, para disputar con argumentos y datos el hecho mismo de la existencia de la Inteligencia Artificial.
También podemos observar, con admiración en él, su trajín como asesor político o de comunicación, periodista y analista en The objective, portal independiente y exento de abono, en donde dispara como francotirador, contra las tropelías del poder en turno en España con ironía, contundencia y sagacidad. Lejos de las imposturas de lo políticamente correcto o del pensamiento único, Román abre cauces insospechados al defender la democracia y el Estado de derecho, viejos conceptos, con argumentos sólidos en donde confronta a los aprendices de brujo de la extrema derecha; así como a la huachafería del progresismo tránsfuga de la trasnochada socialdemocracia bien pensante.
Su valor es idéntico a su lealtad a principios y causas que honra como la amistad, la buena conversación y la curiosidad libresca; que mantiene intacta como un jovencito ágil, siempre listo para salir a disputar los cien metros o la interminable maratón del regreso a Íthaca. Para él, su travesía está en los afectos que ha tejido con el fascinante viaje de ida y vuelta que emprende con regularidad cartesiana, pero, sobre todo, como esos vascos universales que en el bellísimo paseo de La Concha, en su San Sebastián natal, los donostiarras otean el horizonte para inventar nuevos mundos desde la razón del corazón.
¡Abur! dijo el mago.
