Franco Consoli
Artículo de opinión
Lima, ¿intento de modernización o destrucción de la historia? No es fácil describir a la capital: una ciudad que, sin duda, nunca fue planificada para convertirse en lo que es hoy y que ha terminado pagando el precio de ese error. Francisco Pizarro, allá por 1535, cuando fundó la ciudad en el valle del río Rímac, jamás habría podido imaginar en qué terminaría convirtiéndose. El epicentro del Perú, para bien y para mal; la expresión más acabada de la centralización nacional; una ciudad que, al cruzar apenas unas cuadras, exhibe dos países distintos y realidades completamente opuestas. La prueba de que, mientras algunos persiguen el sueño americano, otros terminaron conformándose con el sueño limeño.
Pero la intención de esta columna no es detenerse en las falencias de la capital. No pretende analizar cómo, en una misma ciudad, puede vivir más de un tercio de la población peruana, concentrándose además buena parte de la economía, del crimen y de casi todo aquello que caracteriza al país contemporáneo. Mi propósito es comentar un aspecto que quizá muchos consideren secundario frente a los problemas que aquejan a Lima: la destrucción de sus raíces históricas y arquitectónicas.
La Ciudad de los Reyes, como se le conocía en honor a los Reyes Magos —Melchor, Gaspar y Baltasar—, se ha ido desmembrando con el paso de los años. Como mencioné anteriormente, el crecimiento de la ciudad nunca fue debidamente planificado, y no hay duda de que ello terminó pasándole factura. Distritos opuestos, realidades divergentes, una urbe que jamás se preparó para las masas que hoy la habitan y que nunca se imaginó acogiendo a cerca de once millones de personas.
El crecimiento es inevitable en una ciudad con estas características. El problema nunca ha sido crecer, sino cómo hacerlo. Hoy hablamos de la Lima que es, y eso parece exigir el abandono de la Lima que fue. Porque, bajo el pretexto del desarrollo, la ciudad terminó perdiendo buena parte de su identidad.
Los lectores mayores que yo recordarán una ciudad distinta. Donde hoy se levantan edificios, antes existían casas señoriales; donde el minimalismo contemporáneo todavía no había declarado la guerra a todo rasgo de personalidad arquitectónica. La identidad de Lima estaba en sus viviendas, en sus ornamentos, en sus arcos, en las vírgenes que coronaban las fachadas, en sus grandes portones y, en muchos casos, en la elegancia de un balcón que parecía observar el paso de los años. Sin embargo, con el tiempo, todo aquello se fue perdiendo. Los distritos se transformaron, se deterioraron o terminaron convertidos en escenarios de edificaciones sin relación alguna con su entorno.
Todo ello en aras de ese meteoro que llaman crecimiento, que avanzó dejando tras de sí la esencia de aquellos distritos que alguna vez la tuvieron y, sobre todo, la de la propia capital.
Quienes tuvieron la fortuna de recorrer la avenida Arequipa antes de convertirse en lo que es hoy seguramente lo comprenderán. Quizá su joya más emblemática haya sido la Casa Marsano, testimonio vivo de una época y de una arquitectura que debió ser protegida como patrimonio nacional. Representaba, guste o no, una parte irremplazable de la memoria histórica de la ciudad. Sin embargo, el progreso —si es que aún merece tal nombre— la condenó a desaparecer para dar paso a un centro de cómputo. Pero la antigua avenida Leguía no se reducía únicamente a aquel palacio. Las casonas abundaban a lo largo de sus cuadras. Desde el Centro de Lima hasta Miraflores, el recorrido era una lección de historia urbana. Recuerdo alguna conversación con mi abuelo, quien estudió en el colegio Raimondi de la cuadra diez, al igual que yo. Sus relatos describían una ciudad radicalmente distinta de la que conocemos quienes pertenecemos a esta generación. Una ciudad digna de reyes.
La destrucción de casas y casonas en la capital sigue siendo parte de la rutina cotidiana. No existe un verdadero respeto por el valor histórico y cultural de lo poco que aún permanece en pie. Basta observar la avenida Santa Cruz, precisamente en el cruce con la mencionada avenida Arequipa, donde algunas de las pocas casonas de notable belleza que sobreviven, construidas en distintas etapas de la historia limeña, ya aparecen marcadas y pintadas para su posterior demolición.
¿Vale crecer al coste de tu historia? Opino que no.
Hoy eso ya no es crecimiento. La ciudad no tiene que seguir expandiéndose sobre los mismos espacios de siempre. Eso ya no es desarrollo, sino embotellamiento urbano. Y Lima lo padece tanto desde una perspectiva logística como histórica. No podemos seguir llamando progreso a la destrucción sistemática de los vestigios del ayer.
El desarrollo de Lima no está en los cuatro o cinco distritos de siempre. Persistir en esa fórmula equivale únicamente a seguir sobreexplotando un modelo que le arrebató identidad a la ciudad sin resolver ninguno de sus problemas de fondo. Más población, más congestión y menos carácter. La identidad de algunos distritos aún sobrevive, como ocurre en Lince o Jesús María, pero la negligencia, el abandono y la indiferencia han hecho estragos en ellos.
La ciudad de los reyes que fue. Porque, aunque no estuvo habitada por monarcas, durante siglos tuvo la dignidad y la identidad de una capital consciente de sí misma, sin envidia a nadie y con mucha clase. Hoy, mientras las ultimas casas y casonas desaparecen bajo el concreto, el sonido de los martillos y las grúas, siendo remplazadas por departamentos, oficinas y playas de estacionamiento, Lima sigue creciendo en tamaño al mismo ritmo que se encoge su recuerdo. Lo que está por verse es cuanto quedará de ella cuando termine de hacerlo.
