Cada 7 de julio no solo recordamos una fecha de la historia del aprismo; recordamos también una pregunta que el Perú aún no ha sabido responder con claridad: ¿qué ocurrió con el capital moral de una generación que estuvo dispuesta a entregar su vida por sus ideales, por la justicia social y por una patria más digna?
Seis mil Apristas fueron fusilados por la tiranía de Sánchez Cerro por defender una causa superior en la Revolución de Trujillo de 1932.
Más allá de este hecho heróico y de valentía -que si lo es- sobre los sucesos de aquel entonces, existe una verdad que interpela a toda la clase dirigente y a la sociedad peruana en su conjunto: ninguna organización puede perdurar si pierde su sustento ético, y ninguna nación puede aspirar a la grandeza cuando el oportunismo sustituye a los principios, la corrupción desplaza al servicio y la ambición personal prevalece sobre el interés nacional. Cuando eso ocurre, no solo se debilitan los partidos; también se erosiona la confianza pública y se empobrece la vida democrática.
El mayor homenaje a quienes lucharon por sus convicciones no consiste en repetir consignas ni en vivir de la nostalgia. Consiste en recuperar el honor como fundamento de la vida pública, formar dirigentes con integridad, preparación y sentido histórico, defender la ejecutoria por encima del favoritismo, combatir la corrupción sin excepciones, fortalecer las instituciones democráticas y entender que la política solo tiene sentido cuando está al servicio del bien común y no de intereses particulares.
Ese desafío no corresponde únicamente al aprismo. Corresponde a todos los peruanos, a todas las fuerzas políticas y a cada institución que aspire a representar al país con decencia. El Perú necesita reconstruir su capital moral para recuperar la confianza republicana de sus ciudadanos, dignificar el ejercicio del poder, cerrar el paso al cinismo y volver a colocar al país por encima de cualquier interés personal, faccioso o partidario.
Las naciones no se transforman únicamente mediante reformas económicas o cambios constitucionales. Se transforman cuando sus ciudadanos y sus dirigentes recuperan el sentido del deber, la honestidad, la responsabilidad y la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Allí comienza la verdadera reconstrucción de la Nación, allí nace la autoridad moral y allí se fortalece la esperanza colectiva.
Quizá ese sea el mensaje más vigente que nos deja esa memorable fecha del 7 de julio de 1,932: los ideales solo sobreviven cuando quienes los proclaman los convierten en una forma de vida. Ese es el desafío del aprismo y, al mismo tiempo, el desafío del Perú.
