Por Sebastián Príncipe-Artículo de opinión
El caos político de los últimos cinco años tuvo un receso con Dina Boluarte, pero fue una paz tensa que escribía cinismo cada día. El ascenso del presidente provisional José Jerí, por más falto de mérito y con denuncias ya conocidas, resultaba al principio un respiro. Pero, tras bambalinas, el Parlamento seguía dirigiendo los hilos del Estado. ¿Podremos escoger mejores autoridades este año?
El 17 de febrero, José Jerí fue censurado tras revelaciones comprometedoras sobre empresarios chinos y contrataciones a dedo. El pleno decidió no realizar debate alguno. En este siglo se dice que cada Congreso es el peor, pero este parlamento, que no escapa de esta tendencia, mostró el fondo del pozo de la desvergüenza.
El caos no es reciente. La llegada de estas bancadas congresales y jefes de estado es digna no solo de autocrítica, sino también de una evaluación sesuda sobre si realmente es justificable buscar un mal menor o, por el contrario, no votar salvo exista al menos un bien posible. Con la perspectiva que nos brinda el paso del tiempo, podemos evadir las pasiones que sometieron a la razón en las últimas elecciones generales.
Si bien muchas opciones eran nocivas, para el caso de la segunda vuelta presidencial no resulta inmoral o reprochable escoger un «mal menor» si al frente existe un peligro mucho mayor. En la teología moral existe aquello llamado principio de cooperación, que nos permite el apoyo excepcional —más no sistemático— a algún mal «en presencia de razones proporcionadas».
Las conclusiones de la población para la segunda vuelta se dividieron en dos:
a. El posible ascenso de la izquierda justifica el voto a Fujimori.
b. Un incompetente es más fácil de expulsar del gobierno que al fujimorismo.
El ganador de la contienda demostró su incapacidad. Los datos no nos pueden mostrar que hubiera pasado de ganar Fujimori, pero sí nos dicen lo sucedido tras escoger la segunda opción, que a partir del gobierno de Castillo las cifras de extorsión en Lima y Callao se dispararon de un promedio mensual de 120 denuncias a 1074 en el 2025.
La sinceridad, ante todo, no hubo en ese balotaje un bien posible, por eso fue tan dura la contienda y tan pequeña la diferencia final en el escrutinio. Aunque algunos partidarios castillistas endiosaron al ganador a tal punto que forzaron una imagen de bien total. Envidiable imaginación, por cierto.
Es necesario recordar que la responsabilidad del desgobierno recae no solo en nuestros gobernantes, sino que también es motivo de reflexión para los que votaron o favorecieron, incluso por omisión, la llegada del fujimorismo y el castillismo a las altas instancias del estado. Las encuestadoras no vieron al sindicalista chotano hasta el día anterior, dejando al resto de candidatos sin posibilidad de reacción. La historia siguiente es ya conocida, su gobierno fue calamitoso. La economía tambaleó al ver a Pedro Francke corriendo de la primera juramentación de ministros y la eficiencia del estado sufrió un retroceso en diversas instituciones públicas como Migraciones.
Los errores si no nos matan nos hacen más fuertes, solo si luego asimilamos las fallas. Si queremos darle un último esfuerzo al régimen democrático debemos demostrar madurez como pueblo para salir del pozo. Ya no vale más decisiones tomadas desde la ignorancia y el orgullo, o nos levantamos al fin del letargo para consolidar una república funcional, o el sueño republicano quedará como lo que es hasta ahora, una ilusión.
Se acerca la hora de demostrar que no en vano gozamos del derecho al sufragio. Dejemos el mal menor para situaciones límite y pongamos el bien posible como primer filtro, pues siempre hay que recordar que el voto no es una banalidad y tiene consecuencias.
