Imagen referencial hecha con IA.
El anuncio de Trump de que Estados Unidos ha arrestado a Nicolás Maduro y a su esposa no es una nota de prensa ni un capítulo más en el show geopolítico. Es un quiebre. Es el momento en que el mundo deja de fingir que esto era una “controversia política” y lo trata como lo que siempre fue: un régimen que secuestró un país, trituró su economía, persiguió a su gente y convirtió la miseria en método.
Y por eso hoy vuelven a aparecer, como reloj, los mismos de siempre con su palabra favorita, “soberanía”, como si esa palabra pudiera lavar décadas de cárcel, exilio, censura, chantaje, muerte, hambre y miedo. No. La soberanía no es un manto sagrado para cubrir criminales. La soberanía es para proteger al pueblo. Cuando se usa para blindar a una cúpula, deja de ser principio y pasa a ser coartada.
Yo hablo desde algo muy simple: corazón, decencia y memoria. Venezuela no es un “tema”. Son personas. Son familias. Son jóvenes que se fueron sin despedirse y cargan una culpa íntima, absurda, por haberse salvado. Son padres que se quedaron y aprendieron a vivir con el alma apretada. Son abuelos buscando medicinas como si fueran contrabando.
Es la humillación de hacer colas por lo básico en un país inmensamente rico. Es el talento desperdiciado. Es la dignidad golpeada. Y encima, el insulto final: escuchar a analistas de salón explicar que “es complejo”, que “hay matices”, que “no debemos intervenir”. Qué fácil pedir prudencia cuando la represión le cae a otro. Qué cómodo exigir neutralidad cuando el que pierde es el vecino.
Pero hay algo más. Si esto se queda en el arresto de un nombre, no alcanza. No se tumba una maquinaria sacando una pieza si el motor sigue encendido. Las dictaduras no son un hombre: son una estructura, una cadena de mando, una red de impunidad.
Por eso lo digo sin rodeos y sin la cobardía de los eufemismos. Necesitamos que saquen a Diosdado Cabello, a Vladimir Padrino López y a los Rodríguez. Si ellos siguen, todo puede cambiar para que nada cambie. Un relevo de fachada, una transición “administrada”, el mismo puño con otro guante. Y los venezolanos no se merecen cosmética. Se merecen respiración real, justicia real, elecciones reales, instituciones reales, esperanza.
En el Perú tenemos autoridad moral para entender esto, porque nosotros también vivimos lo que significa que el miedo quiera gobernar. Conocemos el terrorismo y sabemos algo que los caviares jamás quieren admitir: la violencia no empieza con el disparo, empieza con la justificación. Empieza cuando te dicen que “no es tan así”, que “hay que comprender”, que “la historia es compleja”, que “no polarices”.
Empieza cuando le cambian el nombre a lo monstruoso para hacerlo aceptable. Y por eso mi posición es frontal. Estoy contra el terrorismo sin matices, y estoy contra toda tiranía que se sostenga en el miedo. Y estoy, además, contra el peruano que, por ideología o por pose, mira a Venezuela y se pone exquisito, como si la vida del otro fuera un ejercicio de teoría política.
Porque acá también hay una verdad incómoda. En el Perú existe una izquierda que se indigna selectivamente y una casta de opinólogos que se cree árbitro moral del país: los caviares. Gente que vive de la superioridad discursiva, que te predica derechos mientras relativiza dictaduras, que te exige “humanidad” solo cuando el victimario es de su grupo, y que se vuelve legalista y formalista cuando toca llamar a las cosas por su nombre. A ellos les queda poco espacio hoy. Porque cuando cae el vértice, también se cae el relato. Y el relato era su negocio.
Escribo esto porque hay momentos en que uno tiene que pararse con la espalda recta. Defender a los buenos venezolanos no es una bandera prestada, es una obligación humana. Es decirles que no están solos. Es asumir que la libertad no es un eslogan, es una condición para vivir con dignidad. Y que el orden verdadero no es la calma del sometimiento, sino la paz que nace de instituciones legítimas, justicia independiente y elecciones limpias.
Que nadie se confunda. Si hoy el arresto anunciado por Trump marca el inicio del fin, entonces que sea el fin completo. Sin maquillajes. Sin “transiciones” para que los mismos se reciclen. Sin coartadas. Y que los que durante años justificaron a estos regímenes con estupideces, los que se escondieron detrás de “soberanía” para no incomodar a su grupete o tribu, entiendan algo básico: no hay neutralidad honorable ante el abuso sistemático. Hay cobardía y hay complicidad.
Ojalá esto marque el inicio del fin de estos delincuentes y, sobre todo, el inicio de algo más grande que una caída: el despertar de Hispanoamérica. Que desde hoy los que tomaron el Estado para delinquir entiendan que ya no hay impunidad garantizada y que el mundo les dejó de tener miedo. Que los pueblos recuperen la voz, la calle y el futuro, y vuelvan a creer en la libertad de verdad, en el trabajo, en la propiedad, en el mérito, en la economía abierta que permite prosperar y en la esperanza sin propaganda.
Que lo que venga no sea un reemplazo de rostros, sino una reconstrucción de naciones con ley, instituciones y dignidad. Y que, cuando algún día se cuente esta época, se diga que aquí empezó el regreso a la verdad.
