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La Iglesia católica celebra, este 1 de noviembre, la festividad de Todos los Santos, que recuerda a los santos canonizados como a aquellos cuya virtud y fe que les han permitido vivir en la presencia de Dios, aunque no hayan sido oficialmente reconocidos por la Iglesia.
La solemnidad de Todos los Santos tiene su origen en el deseo de honrar a todos aquellos que han alcanzado la gloria eterna, así como de fomentar la unidad entre la comunidad de creyentes en la tierra y aquellos que ya están en el cielo. El Martirologio Romano señala que, en este día, la Iglesia conmemora a aquellos que, mediante su vida de santidad, sirven como inspiración y apoyo espiritual para los fieles en su búsqueda de una vida consagrada a Dios.
En el año 609 o 610, el papa Bonifacio IV dedicó el Panteón de Roma a la Virgen María y a todos los mártires, en una celebración que se realizaba el 13 de mayo.
Más adelante, durante el siglo VIII, el papa Gregorio III estableció en Roma una celebración en honor a todos los santos el 1° de noviembre. En el siglo IX, bajo el pontificado de Gregorio IV, la fecha se extendió por la Iglesia occidental.
Desde entonces, el 1 de noviembre se ha convertido en un momento para reflexionar sobre la santidad y el sacrificio de muchos que han vivido su fe en plenitud.
Esta conmemoración, también coincide con la tradición de visitar los cementerios para honrar a los difuntos, aunque el 2 de noviembre se celebre el Día de los Difuntos, un momento dedicado a la oración por las almas que ya no están en la vida terrenal.
Esta fiesta considerada por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad se divide en dos partes, el 1 de noviembre corresponde al Día de Todos los Santos, fecha en la que vienen las almas de los menores de edad, y el 2 es Día de los Fieles Difuntos, dedicado a los adultos.
