¿Quién no ha puesto un disco de canciones navideñas para amenizar las reuniones festivas? Los villancicos tienen un sitio diferenciado entre las formas de expresión musical. Una canción de pop, rock u otro género popular puede hablar de la Navidad en su lírica, pero solo este tipo de cánticos tienen un toque singular que los convierten en la banda sonora perfecta para esta época.
Una historia musical
De acuerdo a National Geographic, los villancicos reciben su nombre de la palabra “villa”, que a su vez deriva etimológicamente de la palabra latina “villanus”. Su origen data de los siglos XV y XVIII, entre la Edad Media y el Renacimiento. Iniciaron como poemas que empezaron a popularizarse en España y Portugal.
Eventualmente, fueron musicalizados por grandes compositores de la época, como el español Mateo Flecha y el portugués Gaspar Fernandes. Estas composiciones no estaban ligadas a la Navidad. Por su nombre, se puede intuir de qué trataban sus letras: situaciones profanas y la cotidianidad de la vida en las villas.
Eventualmente, fueron recogidos en compilaciones antológicas y acogidos por la Iglesia para esparcir la prédica religiosa. Entre los siglos XV y XVIII, los villancicos referentes a la Natividad de Jesús se hicieron más frecuentes. Se forjó entonces una tradición navideña en torno a ellos. Se considera que el primer villancico, como los conocemos hoy en día, se escribió anónimamente en Toledo, España, en el siglo XV.
La tradición peruana
En 1971, el padre Óscar Aquino Pérez, organizó a un grupo de niños del Colegio Externado Santo Toribio del Rímac, para competir en un concurso de coros. Los pequeños coristas ganaron el torneo e interpretaron su repertorio en televisión nacional, en la que harían diversas apariciones hasta grabar su primer disco. Recibieron el nombre de “Los Toribianitos”, en honor a la institución educativa, hoy cerrada tras 160 años de enseñanza, en la que la agrupación comenzó. Desde hace más de 50 años, generaciones de voces infantiles ensayan en la Parroquia San Lorenzo, manteniendo viva la llama mágica que los primeros “toribianitos” encendieron.
