Nicolás Menacho
Por Nicolás Menacho- Comunicador
Las guerras en Sudán, ruso-ucranianas, judeo-palestinas, podrían sumar casi el millón de fallecidos desde el inicio de los conflictos. Sólo por nombrar las guerras más cruentas y lamentables ocurridas en lo que va de la segunda década del siglo XXI. Este panorama nos obliga a mirar el presente de una manera distinta. Los motivos para cada caso son diversos; sin embargo, todas reúnen un elemento común que, aunque ha acompañado a las repúblicas desde la ilustración, incluso hoy ha superado su propia iniquidad.
En la antigüedad los imperios—romano, griego, persa, e incluso mongoles— concebían la guerra como un acto de honor, sacrificio, y defensa a la tierra que sostenía a la polis. Era una guerra política, sin duda, pero ejecutada con mecanismos ajenos al cálculo total que domina a los conflictos actuales. Contaban el coraje, la disciplina, el número de soldados, y la estrategia, pero dentro del campo de batalla. La vida adquiría un valor que no se reducía a cifras o estadísticas: un peso metafísico, incomprensible para la lógica contemporánea.
El mundo se quiebra radicalmente en la modernidad. Acá entra el filósofo Martín Heidegger que a mediados del siglo XX describirá la “ek-sistencia” del hombre sometida al dominio de la técnica. Pero para entenderlo no hace falta ser filósofo, sólo mirar alrededor.
Hoy la guerra ya no es un duelo de voluntades humanas, sino una operación técnica. No depende sólo del valor o la estrategia: depende de redes eléctricas, cadenas de suministro, sistemas de inteligencia, cálculo de pérdidas aceptables, producción industrial, satélites, drones, datos. La técnica— esa forma de organizar el mundo basada en el cálculo, la eficiencia y la disponibilidad permanente— convierte al hombre en baja estadística, a poblaciones enteras en recursos, a territorios en posible infraestructura.
En otras palabras: la técnica no trata con personas, la máquina, no piensa tanto en ella como en su utilidad. No mira rostros, mira producto. No ve historias, ve objetivos y lucro.
Por eso nuestras guerras ya no parecen humanas: parecen procesos administrados.
Y por eso es urgente, al menos en la actividad más desoladora, recordar algo que la técnica no ve: la dignidad humana.
Sería apropiado darle una mirada a una nuestra vida personal, pues no son los Estados quienes hacen el mal uso de la técnica, sino, esta forma que tiene el individuo de ver el mundo, la que re-produce su propio menoscabo.
