Julio Puescas Miguel
Por Julio Puescas Miguel
Artículo de opinión
El pasado 17 de febrero, el Congreso de la República destituyó al presidente interino José Jerí, quien fue acusado de reunirse a escondidas con empresarios extranjeros y de contratar irregularmente a funcionarias de su entorno. Veinticuatro horas después, ese mismo Parlamento eligió como reemplazo a José María Balcázar, un comunista vinculado a Perú Libre, con cuestionamientos serios de corrupción y posturas que violentan el interés superior de todos los niños del país. Así pues, mientras los peruanos contemplábamos atónitos cómo el sillón presidencial cambiaba de dueño como juguete en un recreo, la clase política celebraba esta barbarie a pocas semanas de las elecciones, como si todo fuera un juego de niños. Porque eso es, precisamente, lo que tenemos: una política infantilizada.
No hablo solo de inmadurez, hablo de un fenómeno más profundo: Aristóteles escribió que el buen gobernante debe poseer la phronesis —prudencia— como condición indispensable para conducir la comunidad política hacia el bien común. Sin embargo, lo que observamos hoy en el Perú es exactamente lo contrario: una dirigencia que opera desde la pura emotividad, que sustituye la deliberación racional por el berrinche, y que confunde su capricho particular con el interés nacional. En suma, se comportan, en términos psicológicos, como niños que no han desarrollado la capacidad de ver más allá de su propio ombligo; o, empleando otro símil, como adultos que tienen un fetiche sexual para censurar y elegir presidentes y pelearse a diestra y siniestra por cuotas de poder.
Y es que esta comparación no es gratuita. Pensemos en cómo se comporta un niño cuando no ha sido bien educado: se cree el centro del mundo, actúa antes de pensar, siempre encuentra a quién culpar; y, sobre todo, no alcanza a imaginar las consecuencias de lo que hace. Ahora mire a quienes nos gobiernan. Son egocéntricos: legislan para sí mismos, para sus bancadas y aliados. Obran con impulsividad: manipulan la Presidencia de la República por mero cálculo electoral. Eluden la responsabilidad: sus malas decisiones nunca son culpa propia, siempre son “errores” de otros. Y carecen de sentido de futuro: ensayan maniobras políticas sin detenerse un segundo a pensar en el daño que pueden causar al bienestar nacional. Rasgo por rasgo, la coincidencia es total.
Ahora bien, si los partidos del poder son niños caprichosos, los que llegan nuevos a la contienda electoral no ofrecen un panorama mejor: Estos nos sirven un menú de puro pelele. En medio de logos curiosos y videos insípidos, la realidad refleja que los partidos que encajarían en el argot popular de “Por estos sí” son partidos cascarón —organismos sin ideología clara y sin militancia real—, vehículos electorales que nacen para una elección y mueren al día siguiente; o, simplemente, organizaciones políticas encasilladas en ideales “progresistas y antisistema”, las cuales, al final de cuentas, terminan materializándose en planes nocivos para la sociedad. Panorama desolador el que enfrentamos: o maquinarias sin combustible político, o venidas falladas desde fábrica.
Pero la crítica sin horizonte es cuanto menos estéril. Si bien para este próximo gobierno deberemos seguir aguantando este show infantil conocido como política peruana, para el siguiente periodo electoral aún hay mucho margen de maniobra, pero antes, debemos tener claro qué necesitamos: un movimiento patriótico genuino. Un movimiento de nuevos actores que pongan al peruano y lo peruano como centro y fundamento de la acción política, en tanto que prioricen la agenda del país por encima del cálculo partidario. No se trata de gritar más fuerte que los demás; se trata de pensar mejor, de actuar como adultos en un escenario de niños. Porque gobernar no es patalear: es servir. Y ya es hora de que alguien, en este Perú fragmentado y exhausto, se atreva a demostrarlo.
