Foto: Caretas
Por Sergio Bolívar
Artículo de opinión
La crisis cubana dejó de ser solo una tragedia interna. Se ha convertido en el síntoma más visible de un modelo político que marcó a América Latina durante décadas y hoy pierde oxígeno económico, energético y estratégico. El conflicto central se juega más allá de la isla, en un tablero hemisférico donde chocan dos fuerzas: el eje Cuba–Venezuela–Nicaragua, sostenido por subsidios energéticos, redes políticas y alianzas ideológicas; frente a la presión estratégica de Estados Unidos, que endurece su política hacia La Habana con sanciones energéticas y medidas dirigidas a terceros países. China refuerza su presencia económica con inversiones e infraestructura, pero evita cargar con el costo de rescatar a regímenes en crisis. El conflicto ya no gira alrededor de discursos revolucionarios, sino de petróleo, finanzas y poder geopolítico.
Durante años, el eje que giraba en torno a Cuba sobrevivió con una fórmula simple: subsidios energéticos, control político y apoyo externo que esquivaba el colapso. Venezuela asumió el papel de proveedor petrolero, lo que permitió a la isla mantener servicios básicos y algo de estabilidad social. Ese esquema empezó a debilitarse cuando el suministro energético se volvió incierto y Estados Unidos trasladó la presión hacia la cadena de suministros y financiamiento. Se suma un elemento clave: China, socio fundamental de varios regímenes antioccidentales, antepone su lógica comercial sobre cualquier rescate político de economías inviables. Su estrategia regional está centrada en comercio, infraestructura y recursos, no en financiar indefinidamente a gobiernos en problemas.
Este escenario convierte a Cuba en símbolo de un desgaste más profundo: el fin de un modelo de poder que ya no se sostiene solo con retórica. Diversos indicadores confirman el deterioro. La economía cubana cayó cerca de 5% en 2025 y acumula una contracción superior al 15% desde 2020, con apagones prolongados, la escasez de combustible, la falta de alimentos y las protestas sociales. La emigración se ha convertido además en una válvula de escape del sistema: cerca de dos millones de cubanos han abandonado la isla desde 2020, según estimaciones recientes. Cuando la energía escasea, la estabilidad del régimen se resquebraja. Cuando las potencias extranjeras calculan costos antes de intervenir, el futuro del sistema queda en entredicho. El eje Cuba–Venezuela–Nicaragua depende cada vez más de variables externas como energía, financiamiento y comercio.
La discusión estratégica regional pasa por definir cómo responder ante este nuevo escenario. Las democracias latinoamericanas deben decidir su posición en un tablero donde Estados Unidos endurece su política y China amplía su influencia económica sin comprometerse políticamente. En las últimas semanas incluso han surgido contactos exploratorios entre Washington y La Habana, confirmados por el propio gobierno cubano, en medio de la presión energética y el deterioro económico. La respuesta no está en viejos alineamientos ideológicos, sino en el fortalecimiento institucional, la cooperación económica y la estabilidad jurídica. En un mundo donde el poder depende de las sanciones, los flujos energéticos y las cadenas de suministro, los países con reglas claras y economías abiertas tendrán más opciones.
El Perú debe tomar nota de esta coyuntura. La crisis cubana no es un debate lejano, es una advertencia sobre el rumbo de las relaciones hemisféricas. Cuando las grandes potencias emplean energía, comercio y sanciones como herramientas de presión, los países intermedios quedan vulnerables en inversiones, logística y estabilidad económica. Para un país que aspira a atraer capital, desarrollar infraestructura y fortalecer su credibilidad internacional, la lección es directa: la estabilidad institucional y la seguridad jurídica son activos estratégicos en el nuevo orden regional.
América Latina vive una transición. Los relatos comunistas que dominaron el siglo XX ya explican el presente. El poder se sostiene hoy en instituciones sólidas, capacidad económica y visión estratégica. El Perú tiene ante sí el ejemplo del Caribe. Un sistema político puede resistir décadas, pero cuando pierde apoyo económico y externo, el colapso deja de ser una teoría y se convierte en una consecuencia previsible.
Como recordó Churchill: “Los imperios del futuro serán los imperios de la mente”. Quienes entienden primero el cambio de época ocupan los espacios de liderazgo en el nuevo mapa del poder
