Revista: La Cámara CCL
Por Joaquín de los Ríos
Artículo de opinión
El Perú vive una hora grave. No es una crisis más ni una coyuntura pasajera. Es el resultado de una década de errores acumulados, de egos desbordados, de cálculos miserables y de una degradación sistemática de la autoridad del Estado. Hoy la República está expuesta. La Presidencia ha sido vaciada de contenido y el Congreso ejerce el poder real sin haber demostrado, salvo honrosas excepciones, la altura moral ni intelectual que esa responsabilidad exige.
No llegamos aquí por casualidad
Pedro Pablo Kuczynski abrió la grieta. Fue un gobierno débil, sin conducción política, rodeado de intereses ajenos al mandato ciudadano. Muchos lo apoyamos con buena fe, incluso contra advertencias que señalaban su falta de carácter. Terminó confirmando lo peor: incapacidad de gobernar, oportunismo y una renuncia que dejó a la institución presidencial humillada. Con él empezó el debilitamiento real de la Presidencia.
Martín Vizcarra convirtió ese debilitamiento en sistema. Traicionó políticamente al presidente que lo llevó al poder y construyó su gobierno sobre una narrativa moral impostada mientras practicaba el cálculo político más crudo. Para muchos juristas, y para quien escribe, la disolución del Congreso en 2019 fue un acto inconstitucional que el Tribunal Constitucional convalidó, legitimando un precedente peligrosísimo para el equilibrio de poderes. Su gestión de la pandemia fue desastrosa: el Perú terminó con una de las tasas de mortalidad más altas del mundo, con cientos de miles de muertos en medio de improvisación, desorden y decisiones deficientes. Y mientras el país sufría, él y su entorno se vacunaban a escondidas. Hoy está en Barbadillo por corrupción. Ese es el verdadero legado de quien pretendió ser un referente moral.
Luego vino el caos. Merino en medio de una polarización incendiada por sectores que se autoproclaman árbitros morales, pero actúan con doble rasero. Indignación total cuando los hechos provienen del adversario, silencio absoluto cuando provienen de los suyos. Ese comportamiento, propio del caviaraje que ha parasitado el debate público durante años, ha sido combustible para la inestabilidad.
Sagasti no reconstruyó el Estado. Lo debilitó aún más. En uno de los momentos más críticos dejó a la Policía Nacional sin respaldo político claro, relativizó el principio de autoridad y envió señales equivocadas frente a la violencia. Un Estado que no respalda a su fuerza pública en momentos críticos pierde legitimidad.
Castillo llevó la degradación al extremo. Un gobierno sin preparación, rodeado de corrupción, capturado por redes informales de poder y que terminó con un intento de autogolpe. Hoy está preso. Su paso por el poder fue un daño profundo a la institucionalidad.
Dina Boluarte, lejos de corregir el rumbo, ha representado la presidencia sin conducción. Ha sobrevivido más de lo que ha gobernado. La economía se sostiene por inercia técnica, no por liderazgo político. La inseguridad crece, la conflictividad sigue y el Ejecutivo no tiene norte.
Ese es el contexto en el que el Congreso se ha convertido en el poder real.
Y en ese contexto ocurre lo que acaba de ocurrir
La clave no está en los discursos posteriores ni en los comunicados de deslinde. El punto de quiebre fue la decisión de vacar al presidente de turno. Allí se configuró la mayoría que, con plena conciencia de las consecuencias, decidió abrir una nueva crisis institucional en un país ya exhausto. Esa votación es el origen del escenario actual.
Y aquí hay que hablar con claridad
Renovación Popular ha cometido una imprudencia política grave. De ese espacio se esperaba prudencia, inteligencia y sentido de Estado. Se esperaba política madura. En lugar de eso, se optó por un gesto que puede parecer moralmente correcto en abstracto, pero que en la práctica debilitó el equilibrio institucional y abrió espacio a la izquierda radical. Eso no es hacer política. Eso es moralismo sin responsabilidad.
Y luego vinieron los intentos de lavarse las manos. El país ha visto a distintas bancadas cruzarse acusaciones, intentar trasladar culpas, justificar lo injustificable. No basta. La responsabilidad política existe y se asume.
Hay además actores cuya conducta confirma lo que el país ya sabe. Partidos como Alianza para el Progreso y Podemos Perú han actuado con una lógica utilitaria y coyuntural, sin doctrina ni visión de país. Sus votos responden a cálculos inmediatos, a intereses pequeños, a una forma de hacer política que degrada la función pública. Esa política transaccional es una de las causas profundas de la crisis de representación que hoy vivimos.
El resultado es un Congreso donde conviven algunas personas valiosas con grupos sin coherencia, sin principios y con intereses subalternos. Y son esos mismos grupos los que hoy han abierto la puerta para que la izquierda radical vuelva a tener influencia en la conducción del Estado.
Ese es el verdadero peligro
El Perú ha logrado sostener, a pesar de todo, una base económica e institucional mínima. Pero esa base es frágil. Si se rompe, lo que viene es más pobreza, más inseguridad, más caos. Y eso no lo paga la clase política. Lo paga la gente.
Por eso lo ocurrido es grave. Porque se ha jugado con el país
Los próximos meses serán determinantes. Podemos seguir cayendo en la lógica de la improvisación y el cálculo pequeño, o podemos empezar a reconstruir una política de verdad, con carácter, con visión y con responsabilidad histórica.
El Perú necesita orden. Necesita autoridad. Necesita liderazgo real
Y en ese proceso inevitablemente se irán decantando los liderazgos que entienden la gravedad del momento y están dispuestos a enfrentar con firmeza el avance de la izquierda radical y el daño que el caviaraje ha causado a la institucionalidad. Allí se fortalecerán figuras como el general José Williams en Avanza País, Keiko Fujimori de FP y Enrique Valderrama desde el APRA, como rostros de una respuesta política que tendrá que defender la República en el terreno de las ideas y de la conducción.
El Perú no puede seguir en manos de la improvisación
La decencia verdadera en política no es declarativa. Es responsabilidad. Es prudencia. Es saber cuándo actuar y cuándo contener. Es proteger al país incluso cuando eso no genera aplauso inmediato.
Lo políticamente correcto no es hacer política. Gobernar es asumir las consecuencias de cada decisión.
Y hoy las consecuencias están a la vista.
Porque lo que está en juego no es una bancada ni una elección.
Es la República.
Dios bendiga al Perú.
