¿Cómo se explica que un país crezca económicamente y, sin embargo, gran parte de su población sienta que no prospera al mismo ritmo? Esta contradicción —en la que mejoran las cifras macroeconómicas y aumenta el PBI, pero persisten la frustración, la inseguridad y la desconfianza— fue ya estudiada por los economistas del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Eduardo Lora y Juan Camilo Chaparro, como la «PARADOJA DEL CRECIMIENTO INFELIZ»: esa en la que un crecimiento acelerado y sostenido puede coexistir con menores niveles de satisfacción.
La premisa es reveladora: el crecimiento aumenta los ingresos, pero también eleva rápidamente las expectativas y modifica las comparaciones sociales. Las personas ya no se miden únicamente con la pobreza del pasado, sino con las nuevas condiciones de bienestar que observan en simultáneo aquí y en otras partes del mundo globalizado. La paradoja se agudiza cuando las instituciones y los servicios públicos no avanzan a la misma velocidad que la economía.
El Perú es un ejemplo extraordinario de este fenómeno. En las últimas décadas logramos expandir la inversión, las exportaciones y el consumo. Sin embargo, mientras emergía una nueva clase media, el Estado se quedó rezagado. El aumento de los ingresos de muchas familias convivió con servicios de salud deficientes, una educación de poca calidad con infraestructura totalmente deteriorada, una altísima informalidad laboral y una inseguridad ciudadana que terminó por golpear severamente la vida cotidiana.
Debemos ser claros y precisos: el crecimiento económico no es el problema; nítidamente sí es una condición indispensable y de primer orden. La cuestión fundamental en el arte de gobernar es el siguiente: ¿qué hace un Estado con la riqueza adicional que genera la sociedad?
Nuestra propia experiencia demuestra que el crecimiento y la distribución no tienen por qué caminar por vías separadas. Para eso hay un ejemplo digno de destacar —y que aparece como un lunar, la experiencia más exitosa en este primer cuarto de siglo en materia de gestión pública en América Latina—: es el caso singular del segundo gobierno del presidente García, entre 2006 y 2011, periodo en el cual el Perú vivió una de las mayores expansiones económicas de su historia republicana. El incremento exponencial de la actividad productiva privada y pública permitió ingresos fiscales suficientes para financiar una intensa y masiva política de inversión pública y social. El liderazgo y la capacidad de gestión fueron cruciales para lograr los resultados esperados.
El crecimiento se transformó en obras para la salud, educación, electrificación, agua y saneamiento, carreteras, puentes, puertos, viviendas, internet y complejos deportivos, así como en megaproyectos como el Tren Eléctrico, la expansión del riego tecnificado en Chavimochic y Olmos, y, cómo no, cientos de miles de obras pequeñas y medianas a lo largo de todos los pueblos y comunidades del país. En ese quinquenio, la pobreza experimentó una de las reducciones más drásticas jamás vistas, de más de 20 puntos porcentuales, al pasar de 49.1 % en 2006 a 27.8 % en 2011, según el INEI.
Aquella etapa nos deja una lección histórica: no estamos condenados a elegir entre crecimiento y bienestar o distribución de riqueza. Se puede mantener la disciplina macroeconómica y monetaria y, simultáneamente, destinar todos los recursos disponibles y posibles a la transformación social.
El ciudadano no vive dentro del PBI o las cifras macroecómicas; vive en su barrio. Necesita seguridad para salir de su casa, transporte de calidad para movilizarse, un hospital cercano y eficiente cuando se enferma, una buena escuela para sus hijos, una vivienda digna donde vivir y un empleo formal que le dé estabilidad en el tiempo. Cuando la economía produce riqueza, pero mantiene enormes territorios rezagados y un Estado lento, insensible y burocrático, aparece algo que políticamente es peligroso: la excesiva frustración de las expectativas ciudadanas.
Hoy, ante la extraordinaria oportunidad económica que nos abre el nuevo superciclo de precios de nuestros minerales, es tiempo de abandonar definitivamente el falso dilema entre crecer o distribuir. El Perú necesita crecer sostenidamente y distribuir riqueza al mismo tiempo. Crecer y distribuir como un círculo virtuoso: el crecimiento genera recursos para distribuir, y una mejor distribución fortalece el capital humano y social para seguir creciendo.
Nuestro desafío no consiste simplemente en incrementar los números en azul. Consiste en construir un crecimiento que produzca bienestar real: un modelo que nos lleve a ser un país de clases medias, liquidando la indignante pobreza, integrando a todas nuestras regiones y siendo capaz de convertir nuestra inmensa riqueza minera, pesquera, forestal, agraria, turística y natural en verdadero patrimonio económico y humano para las generaciones presentes y futuras.
