Por Sandra Salina Gervassi
Candidata senadora PEX con el #1
Por el partido Primero la Gente
Hablar de una guerra con Irán suele convertirse rápidamente en un debate sobre poder militar, alianzas estratégicas y equilibrios geopolíticos. Analistas discuten misiles, sanciones y petróleo. Gobiernos hablan de seguridad y defensa. Pero en medio de esa conversación cargada de intereses, hay una pregunta que casi nadie formula con suficiente fuerza: ¿qué pasará con los niños?
En mi opinión, cada vez que una nación considera la guerra como opción, debería estar obligada a mirar primero el rostro de un niño. Porque si existe un termómetro real de los derechos humanos, es la forma en que protegemos —o abandonamos— a la infancia cuando el mundo se incendia.
La guerra no comienza cuando suenan las explosiones. Comienza cuando dejamos de priorizar la vida humana por encima de la rivalidad política. Y cuando finalmente estalla, los derechos humanos se convierten en promesas frágiles. El derecho a la educación se pierde cuando una escuela es reducida a escombros. El derecho a la salud se desvanece cuando un hospital no tiene electricidad. El derecho a la vida se vuelve una estadística.
Los niños no entienden de estrategias militares ni de conflictos históricos. No votaron por gobiernos ni eligieron disputas diplomáticas. Sin embargo, son quienes cargan con las consecuencias más duras: el desplazamiento forzado, el hambre, la pérdida de sus padres, el trauma psicológico que puede acompañarlos durante toda la vida.
Me preocupa profundamente que, en el discurso público, la infancia se mencione como un daño colateral inevitable. No debería serlo. Ninguna causa política justifica que un niño aprenda a distinguir el sonido de un misil antes que el de una canción. Ningún objetivo estratégico compensa la pérdida de una generación marcada por el miedo.
Algunos argumentarán que la guerra es, a veces, necesaria. Pero incluso en esos escenarios, el derecho internacional humanitario existe precisamente para recordar que hay límites. Los civiles, especialmente los niños, no son objetivos. No son fichas en un tablero. Son vidas en formación, sueños apenas comenzando.
Si realmente creemos en los derechos humanos, no podemos defenderlos solo en tiempos de paz. Su verdadero valor se mide en los momentos de mayor tensión. En una posible guerra con Irán —como en cualquier conflicto— la comunidad internacional tendría la responsabilidad moral y legal de hacer todo lo posible por proteger a la infancia: garantizar ayuda humanitaria, abrir corredores seguros, priorizar la diplomacia antes que la destrucción.
En mi opinión, el fracaso más grande no sería una derrota militar, sino permitir que otra generación crezca bajo el ruido de las bombas. Porque cuando la guerra termina, los acuerdos se firman y los líderes cambian, los niños siguen ahí, intentando reconstruir lo que los adultos rompieron.
La pregunta no es quién ganaría una guerra. La verdadera pregunta es qué perdería la humanidad.
Y la respuesta, tristemente, siempre es la misma: pierde la infancia.
