Los riesgos de jugar con la estabilidad institucional en un momento económico frágil
Por Sandra Salinas Gervassi- Artículo de opinión
Candidata Senadora PEX con el #1
Por el partido Primero la Gente
En política, las decisiones no se miden solo por la contundencia del gesto, sino por la calidad del escenario que dejan después. Remover es fácil. Gobernar es otra cosa.
El Congreso decidió forzar un cambio bajo la premisa de que la estabilidad no podía servir de blindaje. La frase es correcta en abstracto. Ningún gobierno debe estar protegido de la crítica ni del control constitucional. Pero el problema nunca fue la existencia del control político; fue la ausencia de estrategia.
La fiscalización es un deber. La improvisación, no
La elección del presidente interino no fue el resultado de una transición planificada ni de un acuerdo nacional orientado a fortalecer la gobernabilidad. Fue la consecuencia de una correlación parlamentaria coyuntural. Una suma de votos. Un reacomodo de fuerzas. Y cuando la política se reduce a aritmética inmediata, el país suele pagar el costo estructural.
El nuevo mandatario asume en un contexto que no admite ensayos. El Perú enfrenta desaceleración económica, pérdida de dinamismo en la inversión, inseguridad creciente y una ciudadanía exhausta de crisis recurrentes. En ese escenario, la conducción del Ejecutivo exige solvencia técnica, liderazgo claro y una hoja de ruta inequívoca. No basta con ocupar el despacho presidencial; es necesario ejercerlo con autoridad.
Hasta ahora, lo que predomina es la incertidumbre
Y la incertidumbre, en economía y en política, es un impuesto silencioso. Se traduce en inversión postergada, decisiones empresariales diferidas, consumo cauteloso y mayor percepción de riesgo. La estabilidad institucional no es una abstracción jurídica: es un activo que impacta directamente en empleo, crédito y crecimiento.
Por eso la responsabilidad del Congreso es mayor de la que parece dispuesto a reconocer
El Legislativo ha convertido instrumentos constitucionales excepcionales en herramientas de uso frecuente. Interpelaciones sucesivas, censuras reiteradas, amenazas constantes. El control político dejó de ser mecanismo de equilibrio para convertirse en método de confrontación. La crisis se volvió rutina. Y cuando la crisis se normaliza, la institucionalidad se debilita.
No se puede desatar una tormenta política y luego reclamar sorpresa por el clima
El Congreso actuó como si el día después fuera irrelevante. Como si remover fuera suficiente. Como si la estabilidad fuera un recurso infinito. No lo es. La confianza pública es acumulativa, pero también frágil. Cada episodio de confrontación erosiona un poco más la percepción de que el sistema político está orientado al interés general.
El presidente interino, por su parte, enfrenta una prueba inmediata: demostrar que no es simplemente el resultado de un acuerdo parlamentario, sino un conductor autónomo del Estado. Su legitimidad no se consolidará con discursos, sino con decisiones claras, equipos competentes y señales inequívocas de rumbo.
La política no es un juego de suma cero donde la derrota del adversario equivale al éxito del país. Esa lógica puede ofrecer victorias tácticas, pero produce derrotas estratégicas. Cuando la prioridad es desplazar y no construir, el resultado es parálisis.
Mientras tanto, el Perú real no espera. La inseguridad no se suspende por crisis políticas. La informalidad no disminuye por votaciones parlamentarias. La desaceleración no se corrige con comunicados. El ciudadano común necesita estabilidad, empleo y previsibilidad. Necesita instituciones que funcionen sin estar permanentemente al borde del colapso.
Advertimos que el problema no era solo quién se iba, sino quién quedaba. Hoy esa advertencia dejó de ser un ejercicio hipotético. Es una realidad tangible.
El Congreso deberá asumir que esta transición lleva su firma. Y el presidente interino deberá demostrar, con rapidez y firmeza, que no es rehén de la correlación que lo llevó al poder.
Si el oportunismo continúa reemplazando al sentido de Estado, la crisis dejará de ser coyuntural.
Se convertirá en la estructura permanente de nuestra política.
Y entonces ya no
