Por Valeria Cavero – Nota Especial
El periodismo es una profesión riesgosa por definición. Trabajar con la información que poderes en todos los niveles no quieren a la vista del público es una labor delicada, y poner los reflectores sobre la realidad puede tener consecuencias.
Si enmarcamos aquello en un contexto histórico de violencia terrorista contra la población, esta tendencia natural del oficio se convierte en un asunto de vida o muerte. Hace 43 años, el 26 de enero de 1983, sucedió un hecho que demuestra este principio en el extremo más sombrío: la masacre de Uchuraccay. Hoy recordamos una de las mayores tragedias para el periodismo peruano, considerada la primera masacre colectiva de trabajadores de prensa en el mundo.
Entre el dolor, la confusión y el miedo
Para 1981, Sendero Luminoso comprendió que tomar el centro poblado de Uchuraccay, en Ayacucho, era una excelente oportunidad para acceder a la selva y los valles del país. Con la inserción de “Martín”, espía de la organización, que se ganó eventualmente la confianza de los pobladores, inició el despliegue de acciones de adoctrinamiento y presión. La comunidad se convirtió en un “Comité Popular” del senderismo, encabezado por Severino Morales Ccente. “Martín”, junto a miembros de la organización procedentes de Huanta y Tambo, se encargaban de adoctrinar a los jóvenes.
Los subversivos tuvieron problemas para imponerse ante la autoridad de dirigentes indígenas locales, lo que llevó a varios roces. De hecho, el agente que se camufló entre la población y cinco de sus camaradas escaparon por poco escapan el linchamiento en una ocasiones. Las tensiones llegaron a un punto de quiebre con el asesinato de Alejandro Huamán, líder comunal de Uchuraccay, quien desafió abiertamente a la organización terrorista, arrancando la bandera que habían clavado en un cerro durante la celebración a la Virgen del Rosario. La zozobra e indignación popular se respiraban en el ambiente.
El día de la masacre
El 26 de enero de 1983, arribaron a la zona periodistas de El Diario de Marka (Eduardo De la Piniella; Pedro Sánchez y Félix Gavilán); El Observador (Willy Retto y Jorge Luis Mendívil); La República (Jorge Sedano); Semanario Oiga (Amador García) y Noticias de Ayacucho (Octavio Infante), acompañados del guía e intérprete de quechua, Juan Argumedo. Según el Instituto de Estudios Peruanos, tenían la misión de investigar los hechos relacionados a la violencia terrorista en los poblados vecinos de Huaychao y Macabamba.
Esta misma institución señala que los pobladores de Uchuraccay fueron instruidos por las Fuerzas Armadas a rechazar la presencia de Sendero Luminoso, lo que traería represalias para las que estaban preparados. Otras fuentes, como la Federación Internacional de Periodistas, destaca el papel de “Los sinchis”. Descritos como un “grupo antiterrorista de la Guardia Civil”, indicaron a los pobladores eliminar a los foráneos que llegaran por tierra, ante la posibilidad de un nuevo ataque senderista. Así, en medio de hechos que aún resultan confusos, los comuneros asesinaron a los periodistas, su guía y uno de los lugareños.
La tragedia conmocionó al país, y motivó la creación de la Comisión Vargas Llosa (liderada por el escritor Mario Vargas Llosa, quien también fungió como periodista) durante el gobierno de Fernando Belaunde Terry. Un artículo de la Pontificia Universidad Católica del Perú argumenta que las secuelas del hecho se extendieron hasta 1984, con la deserción de los habitantes de Uchuraccay. Mario Cépeda, magíster en Antropología y docente de la universidad, concluye con tristeza:
“Trágicamente, la muerte de los ocho periodistas y su guía fue el único episodio de violencia vivido en la comunidad que trascendió en la opinión pública.”
