Dra. María del Pilar Tello
Por María del Pilar Tello
Artículo de opinión
El Foro Económico Mundial de Davos ha sido durante años un espacio donde se repetían fórmulas sobre integración, cooperación y multilateralismo. Pero Davos 2026 ha mostrado la fractura del orden global. Tres discursos —Carney y Macron reflejan estilos distintos, pero proyectos similares de resistencia al poder de la fuerza y la arbitrariedad que expuso Trump.
Donald Trump ha llevado al extremo una concepción que inquieta al mundo: el poder sin límites. Al afirmar que su única restricción es su propia moralidad, niega en los hechos el derecho internacional y las instituciones multilaterales En su esquema, la fuerza económica y política sustituye a la ley. Las amenazas y la intimidación se convierten en herramientas normales de gobierno.
Este enfoque no sólo desestabiliza el sistema internacional, coloca a países más pequeños en una situación de vulnerabilidad permanente. Cuando la voluntad del más fuerte se impone como norma, la soberanía de todos los Estados se vuelve relativa.
Frente a ello, Mark Carney, primer ministro canadiense, propone una ruptura del viejo orden multilateral fue, en muchos casos, una ficción sostenida por la hegemonía estadounidense. Su propuesta no es el caos, es la acción colectiva de las potencias medianas. Países que, sin aspirar a dominar, se niegan a ser dominados. Su llamado es a construir alianzas flexibles, basadas en intereses y valores compartidos.
Macron, el presidente francés, apuesta por rescatar el multilateralismo desde una Europa más fuerte y autónoma. Su mensaje es que Europa debe defender sus reglas, su soberanía y su modelo democrático, frente a presiones de fuerza y avasallamiento.
Estas tres visiones configuran el dilema central de nuestro tiempo. ¿Aceptamos un mundo gobernado por la fuerza y la arbitrariedad? ¿Construimos nuevas formas de cooperación fuera de las viejas instituciones? ¿O reformamos el multilateralismo para que vuelva a ser efectivo?
Para América Latina, la respuesta no puede ser pasiva. La región necesita integración real, política exterior coherente y capacidad de negociación. En un mundo donde el poder se ejerce sin pudor, la neutralidad ya no existe.
Davos ha dado un campanazo que no se puede ignorar, el orden global está en disputa. Y quedarse al margen también es una forma de elegir.
