El periodista Phillip Butters fue víctima de una violenta agresión en la ciudad de Puno, donde había llegado para participar en una entrevista radial. Sin resguardo policial ni acompañamiento, al salir del local fue rodeado y atacado por una turba que le lanzó huevos, piedras y otros objetos contundentes. En un acto que roza el terrorismo, los agresores intentaron acorralarlo y poner en riesgo su integridad física, hasta que la Policía intervino para evacuarlo y evitar que la violencia pasara a mayores.
Este episodio no es un hecho aislado. Ocurre en un contexto de creciente intolerancia política y social que preocupa en toda la región. Apenas un día antes, el presidente de Ecuador, Daniel Noboa, sufrió un atentado, y meses atrás, el candidato presidencial colombiano Fernando Villavicencio fue asesinado durante su campaña. Estos hechos, aunque separados por fronteras, revelan un mismo patrón de hostigamiento y violencia contra quienes ejercen la palabra pública o el liderazgo político.
Lo sucedido en Puno representa un grave atentado contra la libertad de expresión y la democracia. Ninguna discrepancia ideológica, por más intensa que sea, puede justificar la violencia o el intento de silenciar voces. Atacar a un periodista por sus opiniones es atacar el derecho de toda la sociedad a informarse y debatir libremente.
El Perú vive un momento en el que la intolerancia y la violencia están reemplazando al diálogo y al respeto. Lo ocurrido con Butters debe servir como una advertencia: la violencia política nos está dividiendo y debilitando como país. Si no se detiene a tiempo, cada ataque, cada agresión, nos aleja más de la paz y la democracia que todos decimos defender.
De cara a las Elecciones 2026, es urgente que el país reafirme su compromiso con la tolerancia, el respeto y el diálogo. Silenciar, intimidar o atacar a quienes piensan distinto no es protesta ni justicia: es autoritarismo, y como sociedad no podemos permitir que se normalice.
