“Un domingo en Caracas”….Por: Ricardo Burgos

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Es domingo en Caracas. Y se nota. La ciudad, muy temprano, está desierta. Estoy alojado en un céntrico hotel en la avenida Francisco Miranda, en el barrio  Campo Alegre, municipio de Chacao, en la zona este de la capital venezolana.

Los chavistas le llaman el barrio de los ricos.

Son casi las 6 de la mañana. Mi habitación está en el piso 12. De pronto el sepulcral  silencio es rasgado por gritos y consignas. Es raro, porque no fue anunciada ninguna marcha para este día. Y más raro porque los venezolanos,  chavistas y  opositores, jamás protestan en domingo. Este día entierran el hacha de la guerra y lo pasan en familia.

Me acerco a la ventana y desde lo alto veo a por lo menos mil corredores. Un día antes había entrevistado a una corredora para Noticieros Televisa. Me dijo que ni siquiera podían correr libremente por las calles  por temor a la inseguridad y la violencia.

No me extrañó por eso que los corredores, integrantes de distintos clubes de Caracas, gritaran a todo pulmón ” Queremos libertad”. La primera fila de los deportistas enarbolaba una gran bandera venezolana. Fue, una protesta singular, distinta a la de los otros días.

En ese momento me acordé de Jesús Astorga, productor del noticiario matinal de América Televisión. Jesús es un viejo amigo, desde los tiempos en los que yo trabajaba en el Canal 4. Por su face me enteré que es un atleta de nota. He visto que ha corrido en varios países. Estoy seguro que le hubiese encantado acompañar a los corredores venezolanos en su protesta.

Después de su paso por la avenida Francisco Miranda, una vía de 7 kilómetros , que lleva el nombre de un héroe de la independencia de los países hispanoamericanos, el barrio de Chacao volvió a la calma.

Al mediodía decidí visitar un centro comercial. Fui al Sambil. Este lugar es un centro de compras, servicios, entretenimientos y restaurantes. Es el más lujoso de Chacao, algo así como el Jockey Plaza, pero menos ostentoso debido a la crisis venezolana.

Caracas, es  la ciudad con mayor tasa de homicidios en el mundo entero. 122 muertos por cada 100 mil habitantes. Para la Organización Mundial de la Salud cualquier país o ciudad que tiene más de 15 muertos por día sufre de una epidemia de violencia criminal.

No es lo más recomendable, por tanto, tomar un taxi de la calle, pero fui al Sambil en un taxi que  abordé en la avenida Francisco Miranda, frente al hotel donde me hospedo. La carrera me costó 1,500 bolívares. Al cambio, en moneda peruana, un sol. Si así, como lo lee. Menos  de lo que vale viajar en micro en Lima. El tramo fue corto, además no había tráfico y el trayecto se hizo más corto y ameno porque el conductor escuchaba a todo volumen a Oscar de León.

No me interesó nada de lo que vi en el centro comercial. Si almorcé en una trattoría. La comida estuvo rica. Gasté 20 mil bolívares. Es decir, 13 soles, igual que un modesto menú limeño. Y encima, tomé una cerveza fría. A mi regreso, el taxi del sitio oficial del centro comercial me cobró 3,500 bolívares, el doble que el taxista de la calle. Algo así como 2 soles y pico. Para no creerlo. Pero, todo tiene una explicación. Venezuela es el país con mayor inflación del mundo. En lo que va del año los precios ya se devaluaron 92 por ciento. Al final del año, los expertos vaticinan que la inflación será de 700 a 800 por ciento. Alguien se acuerda de los tiempos de Alan García, en su primer gobierno. Ni más ni menos.

Cumplí mis labores cotidianas como enviado especial de Televisa a Venezuela, vi por la televisión el triunfo del Real Madrid que lo coronó campeón de la liga y me animé a ir al estadio olímpico de la ciudad universitaria donde el dueño de casa Caracas FC enfrentó al Trujillanos por el campeonato venezolano.

Cada vez que puedo, cuando viajo como corresponsal, me gusta ir al estadio, conservar los boletos y comprar artículos deportivos. Es un “hobby” de vieja data.

Pero esa historia y mi viaje en el Metro se los contaré mañana. Solo les doy un anticipo. La entrada a la popular. Aquí le llaman la grada cuesta 1,500 bolívares. O sea, un sol. Y el ingreso a Occidente vale 2,500 bolívares. Más o menos un sol 50.

Parece cosa de locos. Y el salario mínimo vital en Venezuela es de 65 mil bolívares.  O sea, 16 dólares. En nuestra moneda 52 soles. Un pensionista gana ese salario más 20 mil bolívares como bono contra la guerra económica.

Venezuela atraviesa hoy una gran crisis humanitaria. La devaluación se devora los salarios y eso que Nicolás Maduro, desde que llegó al poder, hace 3 años, ha aumentado los sueldos básicos 15 veces. Pero, la plata no vale nada. Imagínense, para pagar el taxi que tomé del centro comercial Sambil a mi hotel pagué con 26  billetes, el de menor denominación fue de 100 bolívares.

Como para no creerlo.