“Uchuraccay: 34 años después”… Por: Octavio Huachani Sánchez

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Lima , 26 enero 2017 (peruinforma.com / escrito por: Octavio Huachani Sánchez).-

Apenas pisaron Huamanga, a los periodistas se les prohibió salir del casco urbano de Ayacucho. Por supuesto que esta abusiva “recomendación” no iba con ellos. Los militares no entendían que nada puede detener ese impulso inexplicable que llevan los periodistas en su ADN.

Un impulso que los usualmente los lleva hasta su destino, en este caso Huaychao, lugar donde según el general EP Clemente Noel “los comuneros habían dado una muestra de patriotismo aniquilando una patrulla de sendero luminoso”. Un impulso que solo puede ser detenido con la muerte.

Jorge Luis Mendívil, Eduardo de la Piniella, Jorge Sedano, Pedro Sánchez Gavidia, Amador García y Willy Retto llegaron a Ayacucho con la intención de conocer la verdad de los hechos en versión de los propios comuneros y no la oficialista.

El periplo fue arduo y fatigoso. El taxi que habían alquilado solo pudo transportarlos hasta la laguna de Toccto. A partir de ahí hicieron tres horas y media de caminata por la agreste puna de Huanta hasta arribar a Uchuraccay.

Según testimonios de los propios campesinos algo más de 30 comuneros armados con huaracas, piedras y hachas dieron muerte a los ocho periodistas.

Sin embargo cuesta creer que en un lugar que estaba dentro de la zona de emergencia, los comuneros hayan actuado de Motu proprio.

Como también es poco creíble las versiones oficialistas que los comuneros agresores no hablaban castellano lo que les impedía entablar un diálogo con los periodistas, o que los campesinos confundieron los equipos fotográficos con armas de guerra; o que uno de los periodistas llevaba una bandera roja. Tesis elaboradas con la intención de hacernos creer que este execrable crimen fue producto de la confusión, de la casualidad o del error.

Estos absurdos argumentos no resistieron el más mínimo análisis y fueron rebatidos fácilmente.

Investigaciones posteriores probaron que Fortunato Gavilán García, quién lideraba al grupo de atacantes, era, en ese momento, teniente gobernador de Uchuraccay y, también que cuando fue soldado en el Ejército se dirigía a sus superiores en castellano. Este antecedente no solo le sirvió para que fuera nombrado gobernador si no, además para que contara con el apoyo y respaldo incondicional de las Fuerzas del Orden a quienes enviaba reportes semanales.

Por tanto la muerte de los ocho periodistas en Uchuraccay fue un crimen alevoso, deliberado y siniestro.

Lamentablemente surgieron versiones periodísticas antojadizas que más parecían transcribir partes oficiales o con claro sesgo ideológico y político que defendían a grupos equivocados. Poco o nada les importaba aparecer  como cómplices de los abusos cometidos por las Fuerzas Armadas o abogados de Sendero Luminoso.

Para tener en cuenta

Uchuraccay era un pueblo muy pequeño que en 1983 contaba con apenas 470 habitantes y que un año después, luego de sucesivos ataques de ataques de los senderistas, la Fuerza Armada y de los ronderos, Uchuraccay literalmente, de existir. No quedó piedra sobre piedra.

La mayor parte de la población fue asesinada por no aceptar actuar como “soplones” o del ejército o de Sendero. Otros huyeron hacia pueblos donde no hubiera “zonas liberadas”.

Hace algunos años unas quince familias decidieron retornar a Uchuraccay y sin ayuda de nadie, solo llevados por la nostalgia y el amor a sus pagos, construyeron sus viviendas cerca de la población original.

Desde ese lugar observan cómo año tras año, los familiares, colegas y amigos de los periodistas llegan para recordar a sus seres queridos, mientras que de ellos nadie se acuerda. Los más viejos sollozan al recordar y sentir que si antes fueron víctimas de la violencia y ahora lo son del olvido.

En ese sentido no hay que olvidar que los comuneros de Uchuraccay, también han vivido su propio drama y horror. Y que también mantienen las heridas abiertas, producidas por una insania que nunca lograrán alcanzar a entender.