“Perú, lejos de ser un país civilizado”… Por: Juan Silva Vidaurre

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Lima.- Visitar los Estados Unidos, es recordar que alguna vez nos enseñaron ceder el paso, a recordar que la luz roja es para parar y no sobre parar o pasarla. Nos recuerda que se saluda al entrar y se dice gracias y pedir disculpas es obligatorio si te tropiezas con alguien.

Si estás en la calle, los conductores te ceden el paso, no tienes que correr y a nadie se le ocurre torpedearte a bocinazos y menos algún irracional acelera para verte apretar el asterisco de temor. Y menos golpear la puerta y gritarte.

Estamos buscando un lugar para estacionar en un supermercado, una señora de edad con su esposo, bajan lentamente sus bolsas y las van guardando con dificultad en la maletera, hay tres carros parados esperando que la doña termine. Ninguno osa apurarla a bocinazos, ninguno muestra impaciencia, todos aguardamos que la pareja culmine.

Me tropiezo con una señorita al entrar, ella me sonríe y me da paso. No me barre con la mirada.

Los empleados de las tiendas son cordiales, orientadores, no te apuran, te sugieren y todo con una sonrisa y tono educado.

Le pregunto a un policía por una dirección, éste se para, me dice un momentito, y busca hasta dar con mi pedido que no era muy claro. Sonríe y me deja ir diciendo en su mal hablado español…”otro año yo ir a Cusco…” ríe, y me extiende la mano.

El transito es ordenado. Saben que las horas punta son eso, atolladeros donde salir es una odisea; avanzan lentamente, nadie toca claxon. No he visto a algún apurado metiendo el carro, cerrándote a la mala. Respetan.

De pronto en una avenida principal con luz verde, alguien ha parado su camioneta, todos paran, nadie se atolondra ni meten bulla, qué ocurría, una señora en silla de ruedas estaba cruzando. Todos esperan, a nadie se le ocurre avasallarte a bocinazos o sacar la bemba por la ventanilla para decirte…Oe, apura pe won.

En USA puedes cambiar los productos adquiridos si no estás de acuerdo con la compra o te desanimaste luego; puede ser ropa, utensilios, artefactos  o muebles. Simplemente vas y te devuelven el importe o retiras otros. Hay franquicias que no tienen caducidad todo aquello que adquieras en la misma tienda puedes devolverlo aunque pasen los años.

En los restaurantes encuentras la misma calidez, la gente te mira con agrado, diría que hasta con cariño, miradas tiernas, tienen paciencia si no te explicas bien.

En el Capitolio, luego de una exhibición, una señorita joven, perdió su celular, a los pocos segundos ya lo tenía de nuevo en sus manos. No pude dejar de pensar que en mi Perú, quien lo encuentra corre al baño a sacar la batería, pero difícil lo devuelve. Qué pena.

Las leyes se cumplen. Nadie se atreve a hacer algo que la ley no permita. Y no hablo de norteamericanos, los latinos y los peruanos tan desordenados que somos se comportan como si acabaran de leer a Carreño o Frida Kohlee.

Es un gran país, y es así, por sus gentes y sus leyes que todos saben que se deben obedecer. No hay el tan peruano “cómo es y cuánto hay”. Nadie las incumple. Todos respetan a la policía.

Si tienes urgencia de entrar a un baño, escoges el que desees, nadie te pide que consumas, el baño está a tu disposición, igual pasa con un vaso de agua, te lo ofrecen enseguida. A nadie se le niega. Además que hay ciudades que tienen baños públicos que vaya uno a ver lo bien puesto que  están, con papel, toallas, jabones y algunos hasta con shampú. Obvio que nadie se roba el papel o los pomitos de jabón líquido.

Por estas y otras razones son pocos los que quieren volver al Perú, extrañarán, no tengo duda, pero la comodidad, el orden, la libertad de trabajo donde no importa tu edad, color, o defecto físico, eso, ancla, te quedas, porque en el fondo todos deseamos vivir en un lugar donde la leyes las respetan todos, donde el orden prevalece, donde la gente es culta, cuidadosa, respeta y cede el paso. Un país bien alumbrado, señalizado, con buenos caminos y donde trabajar es cuestión de ir y buscar.