¿Morir o vivir?… Por Octavio Huachani Sánchez

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Eran los últimos días de octubre y las calles del centro de Lima están invadidas por miles de personas que vistiendo el hábito morado del Señor de los Milagros están a la espera del anda del Cristo de Pachacamilla.

La procesión avanza a paso lento en medio de  una densa neblina provocada por los sahumerios e incienso que brotan de los pequeños pebeteros que, pausada y rítmicamente, agitan sin cesar las morenas hermanas del Cristo Morado.

En otro punto de la ciudad, Marcelo, que ya frisaba los 80 años, sentía que los síntomas de su grave dolencia se agudizaban. Su exhausto cuerpo se negaba a obedecerle y notaba que sus fuerzas no eran las mismas de antes. Recordó que a comienzos de año su médico, luego de realizarle minuciosas pruebas clínicas, le había detectado una enfermedad terminal. El galeno le dijo que por lo avanzado de su edad era muy  riesgosa cualquier intervención quirúrgica.

Solo nos queda esperar la voluntad de Dios, respondió el médico cuando Marcelo le preguntó por el tiempo de vida que le quedaba.

Y ahora, ad portas de finalizar el año, se encontraba hospitalizado en una clínica local. Desde mediados de mes era alimentado con suero y en la víspera lo habían conectado a un respirador artificial. En la puerta de su habitación un cartel advertía que las visitas estaban restringidas.

Desde el primer día de su internamiento estuvo rodeado de todos sus hijos quienes le prodigaban afectuosas atenciones. No hubo instante en que sus vástagos no le demostraran el inmenso y sincero amor que sentían por él.

Allí, al pie de su cama, siempre estaban Jocelyn, con sus nueve meses de embarazo; Mathias, que se encargaba de asearlo y peinarlo; Nicolás que con mucha paciencia se las arreglaba para que terminara toda su dieta blanda y Sebastián, el conversador de la familia, que no  dejaba de hablarle, mientras con amoroso afán acariciaba su apergaminado rostro.

Pero ese día Marcelo se extrañó por la ausencia de su hija, se tranquilizó cuando le dijeron que el día anterior, ella  también había sido internada en la misma clínica. Y que mientras él ocupaba uno de los cuartos del piso de cuidados intensivos, Jocelyn se  encontraba en el pabellón destinado a las gestantes.

Aunque se había preparado para mostrarse sereno ante sus hijos, Marcelo no dejaba de pensar en que, pese a su edad, era injusto morir.  No deseaba, se negaba, partir hacia el más allá porque aquí en la tierra tenía todo el cariño de sus seres amados. Además, -desconfiado, temeroso-, se preguntaba: ¿Acaso, existe el más allá? mientras la angustia y el miedo a lo desconocido vidriaban sus empequeñecidos ojos.

En el segundo piso de la clínica, Jocelyn se encontraba acompañada de José Luis su esposo. Ambos con amorosa actitud acariciaban y hablaban a esa su enorme barriga tal como lo habían venido haciendo desde el primer día del embarazo.

El médico que la había examinado por la mañana les había informado que si no dilataba hasta la noche tendría que ser sometida a un parto inducido. Jocelyn que tenía pavor a las operaciones miró con desesperación a su conyugue. Llevaba ya dos días de retraso, situación que le pareció extraña ya que había desarrollado un embarazo normal. Entonces, asombrada, Jocelyn vio cómo su esposo se acuclillaba y poniendo ambas manos sobre su vientre, empezó a hablar a su nonata hija, que en ese momento, se dijo, seguramente se encontraba muy plácida, acurrucada bajo el amante corazón de su madre.

-Hola hijita…dime, qué sucede… ¿Por qué no vienes a reunirte con nosotros? ¿Sabes, bebé?…No puedes quedarte ahí mucho tiempo. Ven, te estamos esperando…No dejes que corten la barriguita de mamá… 

Quizás la niña, como su abuelo Marcelo, no deseaba abandonar el lugar que la cobijaba. Después de todo, se encontraba en un ambiente tibio y agradable. Además, sentía que todos lo amaban y que así estaba feliz. No tenía sentido entonces, partir hacia un lugar desconocido. Porque lo que nosotros llamamos nacer, para ella, abandonar el vientre de su madre podría parecerle morir.  Y aunque a su frágil cuerpecito le invadía un comprensible sentimiento de temor a lo desconocido, el deseo de que su madre no sufra por su causa fue mayor.

Esa misma noche la pequeña María José nacía (y moría respecto a su vida fetal) e hizo feliz a todos. Tenía los puños y ojos cerrados como evidenciando sus temores. Sin embargo al sentir que lo acogían unos brazos fuertes y amorosos alzó la vista y se encontró con el bello rostro de su madre que le ofrecía una tierna sonrisa de bienvenida. Luego pasó a brazos de su padre y de sus tíos, a quienes su papá había llamado por celular. Todos le prodigaban cariños y le llenaban de besos.

Entonces, para contento de todos, la pequeñita dibujo una sonrisa en su rostro. Era una muestra de alegríaque sus temores habían sido infundados. Este nuevo lugar ahora le parecía el edén. Un paraíso del que ahora nunca deseaba salir.

Cuando sus hijos le pidieron permiso para bajar al cuarto de su hermana le dijeron que ya había nacido la bebé, Marcelo, en medio de sus pesares y dolores, mostró su alegría por la llegada de su nieta.
-Denle un beso de mi parte, les dijo haciendo un gran esfuerzo para alzar su mano y lograr moverla apenas. Sus hijos partieron con la impresión de que su padre estaba despidiéndose.
Y en esa corta soledad, Marcelo repasó su vida y mientras agradecía a Dios por todas las oportunidades que le dio para ayudar a los demás, una tenue sonrisa empezaba a dibujarse en su rostro. Entonces pensó en sus hijos, que era hora que ellos dejaran de sufrir por su causa. Y decidió partir.

Cuando Sebastián, Machías y Nicolás regresaron al piso de cuidados intensivos se alarmaron al encontrar la habitación cerrada. De pronto la puerta se abrió. Entonces, con la angustia pintada en sus rostros, buscaron al médico.

-Pasó a mejor vida. Es mejor así. Era inútil que continuara sufriendo, les dijo, palmeándoles el hombro.

Consternados, Nicolás, Mathías y Sebastián se acercaron al lecho de su anciano padre: Marcelo tenía las manos entrelazadas y parecía dormir plácidamente.

La paz de su rostro hacía suponer que, como su pequeña nieta, el anciano también había sido recibido por unos brazos fuertes y amorosos y que al alzar su mirada se encontró con el rostro más hermoso y amoroso que hubiera podido imaginar:
El rostro de Dios.