“La última navidad” Por: Octavio Huachani Sánchez

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Son las seis y treinta de la mañana del 24 de diciembre de 1949. Como ha venido ocurriendo en las últimas semanas Juanita Criado, con delicadeza y discreción, corre ligeramente la cortina de tela floreada que cubre la ventana de madera de su modesto departamento ubicado en el segundo piso de la calle Pampa de Lara y con aprehensión atisba hacia la calle. Lentamente gira su cabeza para mirar a ambos lados de la calle. En su pequeño rostro se esboza una tenue y triste sonrisa al toparse con el escenario cotidiano de los días previos a la navidad: Tiendas y bazares lucen adornadas con guirnaldas salpicadas de nieve mientras las panaderías promocionan panetones y chocolates para la nochebuena. Pese a la temprana hora cada establecimiento luce coloridas e intermitentes luces en el frontis de sus vitrinas tratando de llamar la atención de los adormilados transeúntes. Con una de sus manos Juanita acomoda el rebelde mechón que se empecina a deslizarse por su pequeña frente y, como siempre, termina por abrir la ventana y asomar medio cuerpo hacia la calle, luego achina sus ojos para escudriñar las inclinadas y congestionadas calles de los Barrios Altos: frente a su casa, sudorosos trabajadores del Comedor Popular descargan de un desvencijado camión los víveres que se utilizarán para agasajar a los niños, ancianos e indigentes del viejo barrio limeño; hacia su derecha observa a presurosas señoras que se dirigen a comprar ropa y juguetes para sus vástagos e inevitablemente inclina la cabeza y un prolongado suspiro hace estremecer su frágil figura. Luego mira hacia el cuarto donde aún duermen sus tres pequeños hijos y el recuerdo de la ausencia de su amado esposo en las dos últimas navidades termina por entristecer su rostro y en ese momento le resulta difícil disimular. Pero cuando un sollozo intenta llevarla al llanto se serena y con uno de sus dedos atrapa una lágrima que empezaba a deslizarse por su rostro.
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De pronto el sonido de una bocina de mano la devuelve a la realidad. Es Carlos el panadero que le pregunta si desea pan; si, claro, responde; pero no ha bajado su canastilla, le dice el muchacho; cierto me distraje, se disculpa. Cuando recoge la canastilla, junto al pan encuentra una nota: “Acabo de ver a su esposo entrando al solar La Confianza, cerca al Mercado Central”. Apenas terminó de leer la nota, Juanita rompió el papel y lo arrojó al fuego. Luego se dirigió al cuarto donde dormían sus tres pequeños hijos y con amorosa delicadeza fue despertando primero a Luis, luego a Magdalena y finalmente a Manuel. Mientras los vestía con su mejor ropa y besaba la frente decada uno les dijo con voz susurrante: Vamos hijos levántense, hoy vamos a ver a papá.

Juana Criado era sin duda el complemento ideal para Luis Negreiros Vega. De figura menuda, cabellos negros y modales pausados, desde un primer momento supo que las actividades políticas y sindicales de su esposo lo mantendrían alejado de su hogar y ella así lo aceptó. Sabía que ese sacrificio también involucraría a sus hijos ya que solo podrían verlo por escasos momentos y en pocas oportunidades. Sin embargo jamás imaginó que por causa del golpe militar de Odría su esposo llegaría a ocupar simultáneamente las secretarías generales del Partido Aprista y de la Confederación de Trabajadores del Perú, lo que provocó su clandestinidad debido a que había orden de asesinarlo. Por eso cuando recibía las cartas de su esposo las guardaba para leerlas a sus hijos. Orgullosa les contaba que su padre estaba realizando importantes tareas para cambiar la situación de los pobres del Perú y por eso sus ausencias. Ganada por su subconsciente les decía que la misión que en ese momento desarrollaba su padre era el último encargo y que en cuanto la culmine estaría con ellos. Y esta vez para siempre. Terminó de peinar a sus niños, tomó una canasta y se dirigió al mercado. Sabía que la estaban vigilando y que debía evitarlos si deseaba encontrarse con su esposo.

En medio de la convulsión social y el ambiente hostil en que vivían los peruanos en general y su familia en particular, el calor del humilde hogar Negreiros-Criado era avivado diariamente por doña Juanita, como la llamaban cariñosamente sus vecinos. Ella esbozando una permanente actitud serena en su rostro, iba delineando el universo cotidiano de sus pequeños vástagos. Sin embargo nadie sabía que muchas madrugadas la sorprendieron enjugando lágrimas al no tener noticias de él. Aun cuando estaba convencida que más allá de esas paredes, palpitaban los sentimientos hacia ellos de su amado esposo, la suma de una serie de acontecimientos ocurridos en los últimos meses le hacían presagiar momentos oscuros próximos. Más aún, después de la visita que le hiciera un funcionario de la embajada de Bolivia, sus temores se acrecentaron. Mientras sus menudos pasos y los jaloneos de su hija la llevaban al esperado encuentro, de a pocos el desasosiego iba revistiendo su frágil figura. Absorta, sumida en sus pensamientos, su rostro intentó dibujar una leve sonrisa para no alarmar a sus hijos pero sus ojos delataban su tristeza. Con cada paso asomaba un recuerdo. Con cada recuerdo un estremecimiento, un estrujo en su alma.

Y es que en medio de aquella vorágine político familiar Juana Criado era consciente de que el Apra atravesaba por uno de los momentos más difíciles de su historia y que su esposo tenía una misión que cumplir. Pero también era consciente que sus hijos no lo entendían así. Que no tenían por qué entenderlo así. Sobre todo Magdalena, aquella niña menudita piel color capulí rostro sonriente pero de indomable carácter.

-Mamá ya llegamos al solar La Confianza. Ten cuidado al bajar; la voz de su hija la sustrajo de sus cavileos. Cuando cruzaron la puerta, vigilante, agazapado bajo la escalera, encontraron a Julio Villavicencio quien al ver
a la esposa de su jefe le pidió permiso para avisarle de su llegada.

-Disculpe usted la interrupción compañero Lucho… es que tiene visita…

-¿Qué sucede? le dije que no abandonara el auto ni deje de observar a quienes rondan por la calle. Sabe mejor que nadie que los soplones están por todos lados…

Cuando Villavicencio se apartó de la puerta, súbitamente el recio rostro del líder sindical cambió de expresión.

Dos niños que corren incontrolables dejando desasidas las manos maternas y se dirigen ansiosos, codiciosos, hacia su sorprendido padre que los espera con los brazos extendidos; el silencio de los adultos que es interrumpido por la sorpresiva visita y por espontáneas vivaces cálidas voces infantiles; madre e hija que tomadas de la mano permanecen detenidas como el tiempo bajo el dintel; cuatro rostros masculinos que adoptando gestos indefinibles en sus curtidos rostros contemplan sorprendidos conmovidos la tierna escena; el líder sindical que abandona su ruda postura de secretario general del Apra y de la Confederación de Trabajadores del Perú y muestra al hombre, al padre, tan diferente, paradójicamente flexible, tierno, amoroso; cuatro voces graves pero respetuosas que al unísono piden permiso para salir a almorzar; pasos que abandonan discretamente el cuarto y se pierden en el tumulto callejero; dejando en el cuarto, miradas femeninas que se entrecruzan; silencios que anuncian tempestades:

-Juani, Mayita, vengan por favor, siéntense aquí junto a Luchito y Manolito, les invita a ingresar y se levanta para abrazar y besar la mejilla de su esposa. Luego con delicadeza toma de la cintura a su grácil hija y la sienta sobre su rodilla, acomoda su vestido blanco y el listón que lleva en su cabello: a ver un besito para papá, le pide.

Y en medio de aquel oscuro y silencioso cuarto dos pequeños brazos empiezan a alzar vuelo como palomas níveas para terminar posándose sobre los anchos hombros del trejo sindicalista pomabambino que cae rendido a las caricias de su adorada hija. Luego todos se confunden en un abrazo que los estremece: entonces desbordan los sentimientos guardados, las querencias genuinas,
las caricias y abrazos acumulados que compactan sus cuerpos que temen, que no desean, separarse y que expresan cinco anhelos de detener el tiempo.

De pronto una pregunta que asoma.

-Papi, que sucede que no te acuerdas de nosotros, ya no nos visitas como antes; la voz tierna y a la vez firme de Magdalena.

-Que cosas dices hijita. Claro que siempre me acuerdo de ustedes. A ver dime como te va en el colegio, le pregunta intentando ser elusivo a la pregunta.

-Lucho, interrumpe Juana.

-Dime Juanita…

-Por favor escúchanos. Ayer otra vez estuvieron en casa los funcionarios de la embajada de Bolivia. Están preocupados por tu situación y me preguntaron sobre tu decisión. Nosotros, conoces de sobra de nuestro deseo, desde hace una semana tenemos tus maletas listas para que asiles o te exilies. Ellos nos van a ayudar en lo posible. Ahora todo depende de ti. Solo te pido que recuerdes que cada día que pasa es peligroso para ti y angustioso para nosotros. ¿Por qué no lo entiendes así? ¿Qué te resulta tan difícil? Todos saben que te has convertido en el hombre más temible para la dictadura y que la orden del gobierno es capturarte vivo o muerto.

Por unos segundos los ojos pardos de Negreiros titilaron nerviosos debajo de su espaciosa frente, pero al instante su prominente barbilla retomó su corte agresivo.

-Es mejor que dejemos esta conversación para otra oportunidad Juana. Ten en cuenta que están presentes los chicos y no creo conveniente que…

-No. Esta es la última oportunidad y es conveniente que ellos sepan de tu decisión, lo interrumpió.

-¿Papá tú quieres a tus hijos? otra vez la pequeña Magdalena, preguntando.

-Claro hijita, que pregunta me haces…

-Entonces si de veras nos quieres, tu primer compromiso debería ser con nosotros, tus hijos. Nosotros sí te queremos por eso nos preocupamos por tu vida y lo que pueda pasarte. Además hace dos años que pasamos la navidad juntos y esta noche deseamos estar a tu lado, por favor…

Otra vez un silencio incómodo se posesionó de la sala. De pronto tres golpes en la puerta lo sacó del marasmo. Otra vez Villavicencio: Don Lucho, hay un patrullero rondando, es mejor salir. Además no olvide que hay reuniones pendientes. Tengo el auto en la puerta.

-No, compañero Julio. Acabo de cancelar todas las actividades de hoy. He decidido pasar esta navidad con mi familia. Te recomiendo que hagas lo mismo. Quizás sea nuestra última navidad.

Esa navidad fue inolvidable para la familia Negreiros Criado. Inolvidable e irrepetible. Tres meses después, Luis Negreiros fue cruelmente asesinado.

(Extracto de la novela “Luis Negreiros Vega, Historia No Oficial” de próxima aparición).