“Haya de la Torre, el señor asilo”… Por Octavio Huachani Sánchez

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Javier Valle Riestra declaró hoy en la tarde que el asilo solicitado por Alan García se inscribe dentro de la historia de los asilados apristas. Puso como ejemplo el de Haya de la Torre y el suyo propio. Mauricio Mulder por su parte señaló que García había recibido amenazas de muerte y por eso la dirigencia aprista le aconsejó que se asilara.

Vamos por partes

Es cierto, en parte, que muchos apristas se acogieron a la figura del asilo. Pero fue en épocas de dictadura que no es el caso actual. Valle Riestra se asiló en España durante la dictadura de Velasco Alvarado y Alan García lo hizo en la embajada de Colombia durante la dictadura de Alberto Fujimori. Años después Valle Riestra fue primer ministro de Fujimori y ahora el Apra de Alan es socio político del fujimorismo.

Pero fue durante la dictadura de Manuel Odría cuando se produjo el mayor éxodo de apristas hacia el exterior. Chile y Argentina fueron los países escogidos.

En Chile recalaron Luis Alberto Sánchez, el ex diputado Trujillo Américo Pérez Treviño, el líder obrero Luis López Aliaga, el diputado Alfredo Baluarte, el ex decano del Colegio de Abogados de La libertad, Medardo Revilla. También el escritor Ciro Alegría, el periodista Manuel Seoane (quien después viajó a Argentina), Carlos Manuel Cox y el poeta Alberto Hidalgo quien posteriormente renunció al Apra así como Magda Portal, tras denunciar que la corrupción había sentado sus reales en esa organización política.

Antes lo había hecho Ciro Alegría quien lo hizo básicamente para seguir sus ideales ya que consideró que los cambios efectuados por la cúpula partidaria iban en contra de la doctrina aprista.

El señor asilo

Tal fue el título de la obra que Luis Alva Castro escribió sobre Víctor Raúl Haya de la Torre cuando este se refugió en la embajada de Colombia ante el pedido de sus compañeros que temían por la vida de su líder.

Manuel A. Odría siempre tuvo al Apra en la mira. Cuando fue ministro de Gobierno y Policía le pidió al presidente José Luis Bustamante reprimir a estos feroces opositores. Bustamante no aceptó y meses después Odría desde Arequipa encabezó un golpe de Estado contra él, aduciendo debilidad frente a los apristas y comunistas. Ya en el poder, Odría promulgó la Ley de Seguridad Interior de la República, que dejó fuera de la ley a ambos partidos.

Para Odría el Apra y el Partido Comunistas eran grupos terroristas.

Desde ese momento se inició una feroz cacería. El objetivo principal era Haya de la Torre.

Otra vez en la clandestinidad, los principales líderes apristas y miembros del Comité Ejecutivo Nacional acuerdan reunirse en secreto lejos del centro de la ciudad. Por esos días diariamente son allanados no solo los locales partidarios sino también las casas de los apristas en pos de capturar a dirigentes o de apropiarse de sus líneas telefónicas, tan escasas y tan codiciadas. El lugar escogido para la reunión fue Pucusana un antiguo balneario de pescadores artesanales ubicado a 60 kilómetros al sur de Lima.

La cita empezó con una serie de informes sobre los apristas en situación de detenidos, asilados, deportados o asesinados. Luego de reflexionar se forman comisiones para visitar a los detenidos y asistir a sus familiares. Más tarde se debaten las propuestas que servirán tomar acciones de emergencia que eviten que las medidas adoptadas por el gobierno de Odría afecten la organización partidaria y pongan en riesgo la vida de Haya de la Torre. La madrugada los sorprende en plena deliberación. Finalmente acuerdan crear un Comando de Acción bajo el sistema de una secretaría general colegiada e inmediatamente proponen candidatos y los someten al voto: Para ejercer la secretaría general colegiada fueron electos por unanimidad: Carlos Manuel Cox, Luis Negreiros Vega y Luis Felipe de las Casas. También fueron elegidos Cirilo Cornejo como secretario de organización; Carlos Alberto Izaguirre en la  secretaría de propaganda; Alberto Porturas en Economía y Virginia de Izaguirre, como asistenta social.

Acordaron que una próxima reunión sería con Haya en Lima. Uno a uno fueron llegando a la cita. Algunos lo hicieron acompañados de Jorge Idiáquez, otros solos. Solo uno lo hizo con los ojos vendados. Todos reflejaban en sus rostros la gravedad del momento. Cuando estuvieron reunidos todos y apenas empezaban a cruzar algunas palabras, de una de las esquinas apareció la imponente figura de Víctor Raúl Haya de la Torre.

Caminaba lento pero sin pausa y su blanquecino semblante reflejaba una actitud de preocupación pero de serenidad a la vez. Llevaba puesto un terno azul con delgadas rayas grises y botones cruzados, camisa blanca y corbata de color rojo oscuro. Un fino sombrero de fieltro color gris oscuro cubría su cabeza. Se acercó al grupo y saludó afectuosamente a Luis Felipe de las Casas, Manuel Cox, Antenor Orrego, Amador Ríos, Luis Negreiros, Carlos Alberto Izaguirre, Juan McLean y Eduardo Jibaja. Luego, como en una coreografía ensayada los dirigentes y líderes dieron dos pasos hacia atrás formando un circulo alrededor de Víctor Raúl e hicieron un respetuoso silencio.

Entonces las miradas se dirigieron hacia Cox: fue Carlos Manuel quien le informó sobre la reunión habida en Pucusana e inmediatamente le planteó con detalles la urgencia y necesidad de que abandonara el país. Todos estuvieron de acuerdo con la propuesta. Todos menos Haya de la Torre quien tercamente se negaba a abandonar el país: “No deseo que los compañeros tengan la falsa impresión de que claudico, además me rehuso porque tenemos que demostrarle al dictador de turno, al Perú entero, que el Apra no es un partido caudillista sino institucionalista, un partido que sobrevivirá al organizador y a sus dirigentes” argüía con vehemencia.

Sin embargo cuando cada uno a su momento le dijo que todas las informaciones obtenidas de diversas fuentes indicaban claramente que el objetivo principal de la dictadura era asesinarlo Víctor Raúl entendió el alcance de la propuesta y el genuino interés de sus compañeros por salvaguardar su vida y la vigencia del Apra. Entonces decidió abandonar su negativa. Luego miró fijamente a Jibaja y este, entre sudoroso y nervioso, le confesó que en una reciente reunión secreta con oficiales de alto rango el general Odría había manifestado la necesidad y urgencia de asesinar a Haya de la Torre: “Él es el Apra y como saben, muerto el perro se acabó la rabia” habría concluido con actitud canchera el dictador para luego deleitarse con las carcajadas complacientes de los militares y allegados íntimos asistentes a la reunión.

Cuando Jibaja terminó de contar el episodio todos lo miraron extrañados: ¿cómo sabía de esa reunión si como dijo era secreta? La interrogante quedó flotando en el aire y propició otro silencio que solo Víctor Raúl se atrevió alterar: ¿Y tú Lucho no tienes nada que decir? preguntó a Negreiros. El líder sindical se acercó y abrazó con especial estima a Haya de la Torre y mirándolo a los ojos le dijo: “Yo te respondo con mi vida. Creo que el único hombre que tiene derecho a sobrevivir es el jefe del partido y tú eres el jefe. Entonces vive.

Nosotros somos perecederos. No todos llegaremos al día de la victoria. No todos volveremos a verte cuando regreses. Pero los muertos también esperan”, concluyó. Tiempo después Luis Negreiros Vega que entonces era secretario general del Apra, secretario general de la CTP y del sindicato de tranviarios, seria asesinado en el Parque de la Exposición.

Sin duda fueron otros tiempos, tempos de lucha, de entrega, de sacrificio. Eran otros tiempos y otros los apristas…