“Entre el orgullo y la verguenza”… Por Octavio Huachani Sánchez

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Desde hace aproximadamente 18 meses los peruanos vivimos con sentimientos contradictorios. Por un lado la satisfacción de que la justicia es igual para todos incluso para aquellos poderosos que se presumían intocables y por el otro la vergüenza de haber convivido dentro de una corrupción generalizada alimentada por los continuos abusos de poder de un grupo de políticos, jueces y empresarios, a quienes aún les resulta difícil a aceptar y a comportarse en este nuevo constructo social erigido con nuevas reglas de decencia, respeto y valores.

Las recientes denuncias sobre presuntas persecuciones políticas y empresariales hechas por congresistas apristas y Fujimoristas y dirigentes gremiales de la Confiep contribuyen a la asertividad de lo expuesto.

Casos emblemáticos

Hasta hace poco nadie podía imaginar que Keiko Fujimori Higushi, la lideresa del principal grupo político de oposición al Gobierno estuviera siendo investigada y menos con detención preventiva. Era impensable, además, que miembros cercanos a su entorno se acogieran a la colaboración eficaz mostrando importantes evidencias que comprometen a Fujimori Higushi.

Tampoco que un político ducho en la prescripción y en eludir la justicia como el expresidente Alan García Pérez viviera en carne propia el rechazo a un pedido de asilo cuyo argumento principal fue una inexistente persecución política.

Y es que las declaraciones de varios de funcionarios que rompieron la tan mentada “disciplina aprista” que servía para solapar a su líderes ya no seduce a algunos compañeros.

Tampoco tampoco

El hecho de que los últimos expresidentes vivos de nuestro país estén presos, prófugos o investigados de ninguna manera es motivo para enorgullecerse.

Existe una absoluta desconfianza no sólo hacia la clase política, sino también hacia la justicia, es otro elemento común después de los recientes casos de los llamados “hermanitos” del Poder Judicial y el Consejo Nacional de la Magistratura.

Y de esta percepción no escapan los empresarios de todos los niveles. Unos supuestamente pequeños, como Antonio Camayo pero con increíble llegada a círculos políticos y de jueces de alta investidura y los grandes empresarios que hacen de cada elección presidencial una suerte de “timba” y apostaban -dinero ajeno eso si-, “apoyando” las campañas de su supuesto ganador o ganadora. Apoyo que después les redituaría jugosas ganancias.

Sin duda aún estamos a mitad de camino de este proceso de cambios. Y, sin duda, los tiempos cercanos anuncias tempestades. Pero aquí estaremos a pie firme, dando la pelea, en esta desigual lucha cuyos ganadores serán nuestros hijos y nietos.

Sin duda los peruanos que unánimemente condenan y censuran a la corrupción venga de donde venga, son nuestros mejores aliados.