“Desearía que estuvieras aquí”… Por Octavio Huachani Sánchez

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Tengo que confesarte que a pesar de mis promesas en contrario, hoy, como cada año, decidí pasar por la casa que compramos, la casa aquella donde íbamos a vivir.

Y bueno, como otros tantos años, te estoy esperando parado en la puerta. Te espero afuera porque no me animo a ingresar si tú no estás conmigo.

¿Sabes amor? Llevo ya varias horas esperándote pero no me importa hacerlo, como no me importa que haya empezado a llover o que la gente mire la torta de cumpleaños que llevo en mis manos, me señale y sonría. Tampoco me importa el cansancio de las horas, ni sentarme en el suelo a esperarte porque estoy seguro que si acaso  llegaras te sentarías a mi lado y que, como otras tantas veces, me mirarías, sonreirías y que luego de besarnos nos olvidaríamos del mundo que nos rodea.

Ya es noche y continúo esperándote. Ahora estoy recostado a la pared que aún conserva algo del color celeste cristalino que juntos pintamos, pero me apenan las jambas de caoba que lucen opacas. En un momento dado, siento que la fatiga se  va apoderando de mi cansino cuerpo, levanto mi mano tratando de cubrir mi primer bostezo, luego noto que mis parpados, cual persianas, van cayendo lentamente hasta llegar a ocultar mis ojos. De manera instintiva, intentando resguardarme del frío y del viento me acurruco. Duermo.

Horas más tarde, sumido en la soledad nocturnal, imagino que tus tibias manos toman las mías que están heladas y que entonces yo te pregunto -¿Por qué tardaste tanto? Tú no me respondes, solo te sientas a mi lado para luego acercar tus labios a mi oído y decirme: “Te quiero mucho, siempre te querré” y yo, que en ese momento no sé qué hacer ni decir, solo atino a  escucharte, acariciarte y besarte y sentir que todo mi ser es invadido de una felicidad que me ha sido elusiva por siempre. Pero ahora soy feliz, muy feliz y eso es lo que importa.

Pero está escrito que no existe nada más efímera ni más frágil que la felicidad.

De pronto el silencio de la noche es interrumpido por el chirrido de las ruedas de un auto que frena intempestivamente y me despierta de y entonces, como otras tantas veces, me doy cuenta que estoy solo, solo en medio de la noche.

Pero a diferencia de las otras veces, me levanto e ingreso a aquella casa que no llegamos a habitar. Todo luce igual como cuando, antes de casarnos, la compramos y habíamos planeado modificarla a “nuestro gusto”.

Y hoy, treinta y tres años después de tu dolora partida, la vida me encuentra recorriéndola en solitario, mirando absorto aquellas habitaciones que no llegamos a ocupar, observando aquella cocina que no llegaste a usar, contemplando aquel cuarto de los hijos que no llegamos a tener, añorando aquella vida que no llegamos a vivir.

Y como otras tantas veces, la aurora matinal me halla atrapado entre los recuerdos y los sueños truncos. Me encuentra afanoso tratando de encontrar en algún rincón de la casa un trozo de aquellos sueños perdidos. Y sin darme cuenta, en esas búsquedas fueron consumiéndose el tiempo y mi vida, una vida que sin ti, luce vacía y mustia.

Así fueron pasando los días, las semanas, los meses y pese al tiempo transcurrido, mi añoso cuerpo y mi mente, se negaban a abandonar aquella nuestra casa y por el contrario, sacando fuerzas de flaqueza, me propuse a pintar las paredes, a colocar los cuadros y cortinas, a regar los rosedales, a podar los setos de la entrada, en suma, a concluir lo que juntos habíamos proyectado.

Fue un arduo trabajo pero valió la pena porque ha quedado tan linda nuestra casita que, hoy más que nunca, desearía que estuvieras aquí.

Y cuando te animes a retornar, me encontrarás aquí al pie de la ventana mirando la gente y el tiempo pasar, a la espera o de tu regreso o de mi partida.